
La Conferencia de Seguridad de Múnich 2026 dejó un diagnóstico que trasciende la coyuntura. El Munich Security Report 2026 sostiene que se consolida una lógica política que privilegia la ruptura por sobre la reforma como mecanismo de cambio (wrecking-ball politics).
El informe vincula esta dinámica con la pérdida de confianza en la capacidad de las instituciones para producir mejoras graduales y con el escepticismo hacia la reforma incremental. Cuando esta lógica es adoptada por actores con peso estructural, sus efectos dejan de ser domésticos y pasan a tensionar pilares centrales del orden internacional: multilateralismo, economía abierta y cooperación entre democracias.
Este artículo presenta una lectura estructural del reporte.
La política de la demolición como síntoma estructural
El Munich Security Report 2026 utiliza la expresión wrecking-ball politics para describir una lógica de acción que privilegia la ruptura institucional por sobre la reforma incremental. No se trata únicamente de una retórica confrontativa ni de una intensificación de la polarización política. El concepto apunta a un patrón más profundo: la creciente legitimación de la demolición como mecanismo de cambio.
Este desplazamiento no surge en el vacío. El informe lo vincula con un clima social marcado por la pérdida de confianza en la capacidad de las instituciones democráticas para producir mejoras graduales y sostenidas. La percepción de estancamiento económico, la crisis de asequibilidad en múltiples sociedades avanzadas y la ampliación de brechas distributivas erosionan la credibilidad de los procesos de reforma incremental. En ese contexto, la promesa de ruptura adquiere racionalidad política.
Lo relevante, sin embargo, no es la existencia de liderazgos disruptivos —que han sido una constante histórica— sino la normalización de esta lógica en actores con capacidad estructural para alterar reglas, alianzas y equilibrios sistémicos. Cuando la demolición deja de ser un gesto simbólico y se convierte en método de gobierno, sus efectos trascienden el ámbito doméstico y se proyectan sobre el orden internacional.
En este marco, la cuestión central no es si las instituciones requieren ajustes o reformas —algo inherente a cualquier sistema político— sino si el mecanismo predominante para producir cambio pasa de la adaptación a la desarticulación. Esa diferencia es clave para comprender por qué el informe no habla simplemente de crisis del orden, sino de un proceso que puede afectar su arquitectura misma.
Tensiones sobre los pilares del orden internacional
El diagnóstico del Munich Security Report 2026 no se limita a describir una tendencia política doméstica. Su aporte central consiste en identificar cómo la lógica de la demolición comienza a tensionar los pilares que estructuraron el orden internacional posterior a 1945. La cuestión no es únicamente normativa; es arquitectónica.
Multilateralismo y reglas internacionales
Uno de los primeros ámbitos afectados es el multilateralismo. El orden de posguerra se apoyó en la premisa de que las instituciones internacionales y las reglas compartidas ampliaban, en lugar de restringir, el margen de acción de los Estados. La previsibilidad jurídica y la institucionalización de la cooperación reducían costos de transacción, contenían conflictos y estabilizaban expectativas.
Cuando la política exterior adopta una lógica predominantemente transaccional, el valor de las reglas se relativiza. La retirada selectiva de acuerdos, la reducción de compromisos financieros y el debilitamiento de marcos multilaterales no eliminan automáticamente las instituciones, pero sí erosionan su capacidad de coordinación y su autoridad normativa. La consecuencia es una mayor volatilidad estratégica y una creciente dificultad para sostener compromisos de largo plazo.
Economía abierta y lógica transaccional
El segundo pilar bajo presión es la economía internacional abierta. Durante décadas, la liberalización comercial y la interdependencia fueron concebidas como instrumentos de estabilidad sistémica. El comercio no solo generaba crecimiento; también anclaba relaciones políticas.
El desplazamiento hacia una lógica de negociación caso por caso —donde aranceles, sanciones y concesiones se utilizan como instrumentos inmediatos de presión— altera ese equilibrio. La economía internacional deja de operar bajo un esquema relativamente estable de reglas generales y comienza a estructurarse alrededor de acuerdos contingentes. Esta transformación no implica necesariamente el colapso del comercio global, pero sí su fragmentación progresiva y el aumento de la incertidumbre regulatoria.
Comunidad de democracias y fractura normativa
El tercer ámbito de tensión remite a la dimensión normativa del orden liberal. Más allá de sus inconsistencias históricas, la cooperación entre democracias funcionó como un elemento organizador del sistema. La afinidad institucional facilitaba alianzas, coordinación política y articulación estratégica.
Cuando emergen divergencias sobre los principios básicos que estructuran esa comunidad —desde el valor del multilateralismo hasta la interpretación de derechos y soberanía— la cohesión se debilita. La disputa deja de ser instrumental y se vuelve conceptual. En ese escenario, la noción de “Occidente” pierde densidad normativa y se transforma en una categoría geográfica más que política.
Implicancias regionales
Las transformaciones descritas en el reporte no operan en abstracto. Se proyectan sobre regiones específicas con efectos diferenciados, dependiendo de su nivel de dependencia estratégica, integración económica y capacidad de autonomía.
Europa: autonomía estratégica bajo presión
Para Europa, la tensión es doble. Por un lado, el debilitamiento del compromiso estadounidense con ciertas dimensiones del orden liberal obliga a replantear supuestos sobre seguridad, defensa y previsibilidad estratégica. Por otro, la fragmentación del entorno internacional incrementa los costos de adaptación.
El debate sobre la “autonomía estratégica” deja de ser una aspiración discursiva y adquiere carácter operativo. La cuestión ya no es solo cuánto invertir en defensa, sino cómo reducir dependencias críticas —tecnológicas, energéticas, industriales— en un entorno donde la estabilidad normativa ya no puede darse por garantizada.
Al mismo tiempo, Europa enfrenta un dilema político: preservar la arquitectura multilateral sin contar plenamente con el liderazgo que históricamente la sostuvo. Esto exige mayor coordinación intraeuropea y una redefinición de alianzas externas, particularmente con actores del Indo-Pacífico y del llamado Global South.
Indo-Pacífico: competencia estructural y equilibrio inestable
En el Indo-Pacífico, la dinámica adquiere un carácter distinto. La región ya venía configurándose como el principal espacio de competencia estratégica entre grandes potencias. La erosión de reglas universales y el avance de lógicas más transaccionales refuerzan esa tendencia.
En un entorno donde las garantías de seguridad pueden percibirse como menos estables y donde las reglas comerciales son más contingentes, los Estados de la región ajustan sus estrategias de equilibrio. Algunos profundizan alianzas existentes; otros diversifican vínculos para evitar alineamientos rígidos.
La consecuencia no es necesariamente una ruptura inmediata del equilibrio regional, pero sí un aumento del margen para políticas de poder más explícitas. En ese contexto, el riesgo no proviene únicamente de conflictos abiertos, sino de la normalización progresiva de esferas de influencia y arreglos ad hoc.
Economía global y cooperación internacional
Más allá de las implicancias geopolíticas inmediatas, la lógica descrita en el reporte tiene efectos acumulativos sobre la gobernanza económica y la cooperación internacional. La cuestión no es únicamente si el comercio continúa, sino bajo qué condiciones se organiza.
La creciente utilización de instrumentos económicos —aranceles, sanciones, controles de exportación— como herramientas de presión política reconfigura la arquitectura del sistema. La previsibilidad regulatoria, que fue uno de los principales activos del orden liberal, se vuelve más frágil. En lugar de marcos generales relativamente estables, proliferan arreglos contingentes, revisables y sujetos a negociación permanente.
Esta transformación tiene consecuencias distributivas. Las economías con mayor capacidad de negociación bilateral pueden adaptarse con mayor flexibilidad a un entorno de acuerdos transaccionales. En cambio, los Estados con menor peso estructural enfrentan mayores dificultades para influir en las reglas o mitigar shocks externos. La fragmentación del sistema, por tanto, tiende a ampliar asimetrías.
En el ámbito del desarrollo y la ayuda humanitaria, la lógica es similar. La cooperación multilateral, tradicionalmente canalizada a través de instituciones y marcos normativos relativamente estables, se enfrenta a recortes presupuestarios, condicionalidades más explícitas y mayor selectividad estratégica. La narrativa de eficiencia y recalibración puede coexistir con una reducción efectiva de cobertura y previsibilidad.
En un escenario donde el liderazgo hegemónico se vuelve menos consistente, surge una pregunta estructural: ¿es posible sostener bienes públicos globales —estabilidad financiera, coordinación sanitaria, mitigación climática— sin un actor dispuesto a asumir costos desproporcionados? El reporte sugiere que otros actores pueden intentar compensar parcialmente esa retirada, pero la coordinación se vuelve más compleja y costosa.
El resultado no es necesariamente un colapso del sistema, sino una reconfiguración hacia un entorno más fragmentado, más competitivo y menos normativamente cohesionado. En ese contexto, la capacidad de adaptación y la acumulación de poder material —económico, tecnológico y militar— adquieren mayor centralidad.
Consideraciones finales
El Munich Security Report 2026 no plantea el colapso inmediato del orden internacional, pero sí advierte sobre una transformación en los mecanismos a través de los cuales se produce el cambio político. La cuestión central no es la existencia de tensiones —propias de cualquier sistema internacional— sino el desplazamiento desde la reforma institucional hacia la desarticulación como método predominante.
Si esta lógica se consolida, el sistema tenderá a organizarse en torno a acuerdos más contingentes, mayor competencia entre grandes potencias y una reducción del peso de las reglas universales. En ese entorno, la acumulación de poder material y la capacidad de negociación bilateral adquieren mayor relevancia que la adhesión a marcos multilaterales estables.
No obstante, el escenario permanece abierto. La evolución del orden dependerá de la capacidad de otros actores para sostener, reformar o reemplazar parcialmente las estructuras existentes, así como de la disposición de las sociedades a respaldar políticas que impliquen costos en el corto plazo a cambio de estabilidad en el largo.
En términos analíticos, los próximos años permitirán observar si estamos ante una fase transicional dentro del orden liberal o frente a una mutación más profunda de su arquitectura. Entre los indicadores a seguir se encuentran: el grado de compromiso con instituciones multilaterales clave, la estabilidad de los marcos comerciales, la cohesión entre democracias avanzadas y la capacidad de coordinación en torno a bienes públicos globales.
La Conferencia de Múnich 2026 ofrece, en este sentido, menos respuestas definitivas que un marco conceptual para interpretar una etapa de mayor incertidumbre estructural.
Para quienes deseen consultar el informe completo en su versión original en inglés, el Munich Security Report 2026 está disponible en el siguiente enlace:
https://doi.org/10.47342/JWIE5806