Guerra regional, vulnerabilidad sistémica y disputa por el orden
La guerra contra Irán no puede leerse únicamente como una secuencia de bombardeos, represalias y amenazas cruzadas. Ese registro sirve para seguir el pulso de la coyuntura, pero no alcanza para comprender lo esencial. Lo que este conflicto pone en evidencia no es solo una confrontación militar entre Estados, sino también una crisis que compromete corredores energéticos, cadenas globales de valor, infraestructura crítica, la seguridad alimentaria y los equilibrios de poder regionales y globales. En ese sentido, no estamos simplemente ante una guerra: estamos ante una crisis de orden. (Hidalgo Pérez, 2026).
La utilidad de este enfoque consiste en desplazar la mirada desde el hecho bélico aislado hacia las estructuras que la guerra amenaza con desorganizar. El problema no es solo quién golpea más, ni siquiera quién conserva mayor iniciativa táctica. El problema es qué sucede cuando una confrontación de esta magnitud se instala en el corazón de una región de la que todavía depende una parte decisiva del metabolismo material del sistema internacional. Irán importa menos por la retórica que lo rodea que por su posición territorial, por su capacidad de disrupción y por el tipo de efectos que puede desencadenar sobre terceros actores que no controlan el conflicto, pero sí padecen sus consecuencias.
En el plano militar, la asimetría es evidente. Estados Unidos e Israel disponen de una superioridad aérea, tecnológica, logística e inteligencia ampliamente superior a la iraní. Las operaciones se organizan bajo la lógica del dominio aéreo, con posibilidades de intensificación y los efectos tácticos visibles sobre la capacidad militar iraní. Sin embargo, esa asimetría no resuelve por sí sola el problema estratégico. La historia reciente de Medio Oriente muestra, una y otra vez, que la capacidad de destruir no equivale automáticamente a la capacidad de estabilizar. Una campaña puede ser militarmente eficaz y políticamente ruinosa al mismo tiempo. (Seminario IISS).
Ese punto obliga a precisar mejor la posición de Irán. Su inferioridad convencional no lo vuelve irrelevante. Al contrario, lo empuja hacia una racionalidad de supervivencia basada en la internacionalización de costos. Irán no necesita imponerse en una guerra simétrica para alterar el entorno estratégico. Le alcanza con prolongar la incertidumbre, perturbar flujos críticos, golpear activos sensibles y arrastrar a otros actores a una situación de inestabilidad que ninguno de ellos eligió. Ahí radica buena parte de su capacidad residual: no en ganar una guerra clásica, sino en hacer más caro, más prolongado e incierto el resultado de la guerra que otros le imponen.
El punto donde esa lógica se vuelve más visible es el estrecho de Ormuz. Allí la guerra deja de ser un asunto meramente regional y comienza a convertirse en un problema sistémico. Ormuz no es solo un paso marítimo delicado: es uno de los principales cuellos de botella materiales del sistema internacional. Por allí circula una fracción decisiva del petróleo crudo y del gas licuado global, buena parte con destino a Asia. Eso significa que cualquier disrupción sostenida en ese corredor altera mucho más que los cálculos militares inmediatos de los beligerantes. Altera abastecimiento, costos, tiempos de entrega, arquitectura logística y estabilidad comercial a escala global.
Además, la relevancia de Ormuz no depende de un cierre total. Esa es la forma más rudimentaria de pensar el problema. El daño sistémico comenzó mucho antes: cuando aumentaron las primas de riesgo, se encarecieron los seguros, se alteraron las rutas, se demoraron los embarques; esto exige custodia naval o deteriora la previsibilidad que hace funcionar el comercio internacional. Una crisis de este tipo no solo reduce oferta; también destruye confianza operativa. Y en una economía mundial tan integrada, la pérdida de previsibilidad puede ser tan dañina como la pérdida física de recursos. (Hidalgo Pérez, 2026; Seminario IISS).
Por eso el problema no puede reducirse al precio del petróleo. Uno de los aportes más valiosos del análisis de Manuel Hidalgo Pérez (2026) consiste precisamente en mostrar que la disrupción de Ormuz debe entenderse como una perturbación sistémica. El impacto no recae únicamente sobre energía primaria, sino también sobre química básica, polímeros, plásticos, caucho sintético, nodos logísticos y cadenas industriales que dependen de relaciones indirectas. En otras palabras, el daño no siempre entra por la puerta principal. Muchas economías pueden no depender de forma directa del Golfo en términos energéticos, pero sí de terceros países altamente expuestos a los insumos y flujos que pasan por Ormuz. Esa dependencia indirecta es una de las claves menos visibles y más importantes del problema.
En esta misma línea, el conflicto revela otra dimensión decisiva: la guerra de Irán contra la economía global. El análisis compilado a partir del trabajo de Navin Girishankar subraya que, mientras Estados Unidos ha exhibido superioridad militar, Irán ha buscado trasladar el conflicto a la infraestructura económica de la región. El cierre virtual de Ormuz, la interrupción de barriles iraquíes y los ataques contra sectores como logística, generación de energía, centros de datos, agua, turismo y finanzas muestran que la disputa no se libra únicamente en el plano militar. También se libra sobre los pilares materiales de la acumulación y de la diversificación económica del Golfo. (Girishankar, 2026).
Ese punto es políticamente relevante porque modifica la naturaleza del daño. Cuando lo que se pone en riesgo no es solo la exportación de hidrocarburos, sino también la infraestructura que sostiene proyectos de modernización, atracción de inversiones y estabilidad regional, la guerra deja de atacar recursos y empieza a atacar modelos de desarrollo. Las monarquías del Golfo no solo temen perder ingresos: temen perder condiciones de previsibilidad. Y eso afecta mucho más que balances fiscales coyunturales. Afecta el lugar que esas economías quieren ocupar en la reorganización global del capital, la tecnología y las rutas comerciales.
De ahí que el Golfo aparezca menos como espectador que como espacio atrapado. Los países de la región intentan mediar, evitar una conflagración abierta y preservar su margen de maniobra, pero su propia centralidad energética y logística los vuelve vulnerables. Arabia Saudita, por ejemplo, aparece defendiéndose de ataques destinados a petroleras y centrales energéticas. La región busca evadir la guerra, pero no puede salir de ella porque ocupa una posición estructural que la convierte en objetivo, en corredor y en escenario al mismo tiempo.
La dimensión asiática del conflicto refuerza todavía más su carácter sistémico. Asia es una de las principales receptoras del flujo energético que pasa por Ormuz, de modo que cualquier disrupción prolongada afecta de manera directa a China, India, Japón y Corea del Sur. Aquí aparece una ambivalencia central. China necesita que Ormuz funcione con normalidad porque requiere estabilidad energética, pero un involucramiento prolongado de Estados Unidos en Medio Oriente también puede jugar a favor de Beijing en términos estratégicos si eso diluye recursos, atención y consistencia de Washington respecto de Asia-Pacífico. La guerra, entonces, no solo reordena el Golfo: reordena también la competencia global. (Girishankar, 2026).
La seguridad alimentaria introduce una capa aún más grave y menos visible. El trabajo de Emma Curtis, Joely Virzi y Caitlin Welsh muestra que una crisis prolongada en Ormuz no afecta solo petróleo y gas, sino también el comercio de urea, amoníaco, fosfatos y azufre, todos los insumos críticos para la agricultura contemporánea. Los fertilizantes nitrogenados dependen del gas natural y son fundamentales para cultivos básicos como trigo, arroz y maíz. Esto implica que el shock geopolítico puede trasladarse con relativa rapidez desde la energía hacia la producción agrícola mundial.
Ese mecanismo de transmisión es políticamente explosivo. El encarecimiento de fertilizantes, energía, transporte, refrigeración y procesamiento de alimentos puede impactar sobre decisiones de siembra, rendimientos y precios. India aparece expuesta por su dependencia de urea antes del monzón; Brasil por su peso como importador de fertilizantes; África subsahariana por su fragilidad financiera; y hasta Estados Unidos por el aumento de precios en un momento clave de su calendario agrícola. El verdadero riesgo, por lo tanto, no es solo un shock comercial transitorio, sino la posibilidad de que una crisis energética regional desemboque en una crisis alimentaria internacional.
Hasta aquí, el análisis muestra por qué esta guerra excede con creces la dimensión militar. Pero todavía falta la pregunta decisiva: ¿con qué objetivo político se libra? El texto de Charles A. Kupchan ordena este punto con una distinción fundamental: neutralizar al régimen iraní no es lo mismo que destruirlo. Su tesis es que Estados Unidos debería apuntar a la primera opción y evitar la segunda, porque una estrategia de cambio de régimen forzado podría abrir un escenario de guerra civil, fragmentación estatal, conflictos étnicos y propagación de la inestabilidad a países vecinos.
Ese señalamiento es especialmente importante porque corrige una ilusión recurrente en la política internacional: creer que el colapso del adversario equivale, por definición, a una mejora del entorno estratégico. Los precedentes de Afganistán, Irak, Libia y Siria indican lo contrario. La destrucción del poder central no produjo allí órdenes más estables, sino vacíos de poder, proliferación de actores armados, violencia prolongada y nuevas formas de dependencia. Desde una perspectiva realista, por lo tanto, destruir una estructura estatal no equivale necesariamente a resolver el problema que esa estructura representa. A veces lo multiplica.
En el caso iraní, esta cuestión adquiere una gravedad adicional por la propia complejidad interna del país. La diversidad territorial y étnica de Irán no autoriza, por sí sola, a afirmar que el país vaya a fragmentarse. Ese sería un determinismo barato. Pero sí obliga a considerar que una guerra prolongada, combinada con debilitamiento estatal e intervención externa sobre periferias sensibles, podría convertir esas heterogeneidades en vectores de descomposición. La preocupación regional por la integridad de Irán y por la posible instrumentalización de los kurdos apunta precisamente en esa dirección. No se trata de una inevitabilidad, sino de una posibilidad políticamente seria.
La periferia estratégica del conflicto también importa. El análisis sobre capacidad misilística, estrategia estadounidense y equilibrio de Pakistán muestra que actores como Islamabad quedan obligados a maniobrar entre Arabia Saudita, Irán, Estados Unidos y China. Esa situación ilustra bien hasta qué punto la guerra no está encerrada en un triángulo fijo. Altera alianzas, compromisos de seguridad, cálculos diplomáticos y relaciones de poder mucho más amplias que las de sus protagonistas inmediatos. (Barrie, Raine y Levesques, 2026).
Todo esto devuelve la discusión al terreno de la gran estrategia. El análisis de Girishankar es claro en este punto: una guerra prolongada cuesta cientos de millones de dólares diarios, agrava presiones fiscales e inflacionarias y desvía recursos que Estados Unidos necesitaría para sostener su arquitectura tecnoindustrial frente a China. Eso no significa que Beijing gane automáticamente, pero sí que Washington puede obtener ventajas tácticas inmediatas y, al mismo tiempo, debilitar su posición estratégica de largo plazo. La guerra contra Irán puede darle a Estados Unidos capacidad de castigo, pero también puede volver a hundirlo en el mismo espacio regional del que intenta salir hace más de una década. (Girishankar, 2026).
La conclusión política es incómoda, pero necesaria. La guerra contra Irán no está revelando la fortaleza del orden occidental, sino sus límites. Está mostrando que la superioridad militar de Estados Unidos e Israel no elimina la capacidad de Irán para internacionalizar costos; que el Golfo sigue siendo un punto neurálgico de la economía mundial; que la globalización continúa dependiendo de corredores extremadamente vulnerables; y que la promesa de estabilizar Medio Oriente mediante coerción sigue chocando con la persistencia de estructuras regionales fracturadas, economías interdependientes y conflictos históricos irresueltos. (Hidalgo Pérez, 2026; Girishankar; Kupchan).
En ese sentido, el problema de fondo no es simplemente si Irán puede ser militarmente dañado. El problema es qué tipo de región, qué tipo de desorden y qué tipo de costo global surgirán de ese daño. Y ahí la respuesta ya no es militar, sino política. Si la guerra continúa siendo pensada únicamente como una operación de castigo o remoción, lo más probable es que produzca exactamente lo contrario de lo que promete: más fragmentación, más dependencia, más militarización y una región todavía menos gobernable. La verdadera disputa no es solo contra Irán. Es contra la fantasía de que la fuerza, por sí sola, puede ordenar un espacio que hace tiempo dejó de responder a esa lógica. Mientras esa ilusión siga intacta, la guerra no será una solución: será otro capítulo en la larga producción política del desorden.
Bibliografía
Barrie, D., Raine, J., y Levesques, A. (2026). Capacidad misilística, estrategia de Estados Unidos y equilibrio de Pakistán. IISS / notas de trabajo compiladas.
Curtis, E., Virzi, J., y Welsh, C. (2026). Chokepoint: How the War with Iran Threatens Global Food Security. CSIS.
Girishankar, N. (2026). Análisis sobre la guerra de Irán contra la economía global. CSIS / notas de trabajo compiladas.
Hidalgo Pérez, M. (2026). Vulnerabilidades sistémicas ante la disrupción del estrecho de Ormuz. Real Instituto Elcano.
Kupchan, C. A. (2026). Trump Should Aim to Neutralize the Iran Regime, Not Destroy It. Council on Foreign Relations. Seminario IISS. (2026). Notas sobre escalada militar, Golfo, Ormuz y escenarios regionales.