Cuando el guardián abandona la guardia: Trump, la OTAN y el colapso del orden liberal

El 1° de abril de 2026, Donald Trump declaró en dos entrevistas simultáneas que estaba “absolutamente” considerando retirar a Estados Unidos de la OTAN. El motivo invocado fue la falta de apoyo aliado durante el conflicto con Irán. Pero detrás de ese detonante coyuntural hay una acumulación de años, una lógica estratégica coherente y una pregunta que el sistema internacional no está preparado para responder: ¿qué sucede cuando el guardián abandona la guardia y el arquitecto del orden abandona el edificio?

El proceso: más complicado de lo que parece, menos imposible de lo que se cree

El guardián abandona: consecuencias y reflexiones

La retirada formal de Estados Unidos de la OTAN no es un acto unilateral simple. El Tratado del Atlántico Norte, en su Artículo 13, establece un mecanismo relativamente sencillo a nivel del derecho internacional: cualquier miembro puede retirarse enviando una notice of denunciation al Gobierno de EE.UU. —que actúa como Estado depositario— y, tras un período de espera de un año, el retiro se hace efectivo. El problema está en el nivel doméstico.

En diciembre de 2023, el Congreso estadounidense insertó en la Ley de Autorización de Defensa Nacional del año fiscal 2024 la llamada Sección 1250A, que prohíbe al presidente retirar al país de la alianza de forma unilateral. La norma exige, para que el retiro sea válido, o bien la aprobación del Senado con una mayoría de dos tercios —el mismo umbral requerido para ratificar un tratado— o bien un acto formal del Congreso. En la práctica, esto significaría conseguir 67 votos en el Senado, una barra altísima dado que existe un núcleo de senadores republicanos con convicciones atlantistas.

Sin embargo, el terreno no es tan firme como el Congreso quisiera. La rama ejecutiva sostiene desde hace años, y en particular desde una opinión de la Office of Legal Counsel del Departamento de Justicia emitida en 2020, que el retiro de tratados internacionales es una prerrogativa constitucional exclusiva del presidente, fundada en el Artículo II, y que las restricciones legislativas sobre esa facultad son en sí mismas inconstitucionales. Si Trump emitiera la notificación de denuncia de forma unilateral y el Congreso lo impugnara judicialmente, la causa llegaría a la Corte Suprema. Con la composición actual del tribunal —que en 2024 expandió significativamente la inmunidad presidencial y ha mostrado una tendencia sistemática a fortalecer el poder del Ejecutivo en materia de relaciones exteriores— el resultado es genuinamente incierto. La restricción legislativa podría no sobrevivir ese escrutinio. El escenario más disruptivo, entonces, no es el que pasa por el Senado: es el que Trump sortea el Senado por la vía judicial y obtiene el aval constitucional para actuar solo.

La paradoja del aliado obediente

El argumento que los socios europeos de la OTAN han esgrimido para no participar en el conflicto con Irán es jurídicamente sólido y, en un sentido profundo, irónico. El Artículo 5 del Tratado establece la defensa colectiva ante un ataque armado contra uno o más miembros. Irán no atacó a ningún miembro de la alianza. La guerra fue iniciada por Estados Unidos e Israel. El Artículo 6, además, delimita el ámbito geográfico de aplicación del tratado, que en sentido estricto no fue diseñado para cubrir operaciones ofensivas en el Medio Oriente.

Los aliados, al negarse a involucrarse, estaban actuando dentro del marco de las reglas que la propia potencia norteamericana ayudó a diseñar y codificar en 1949. Son castigados, en otras palabras, por respetar la arquitectura jurídica del orden que EE.UU. construyó. Esa inversión lógica no es un detalle menor: es el síntoma de una tensión más profunda entre la potencia hegemónica y el sistema multilateral que erigió como instrumento de su propio liderazgo.

Trump lo formuló sin eufemismos: “siempre supe que eran un tigre de papel”. Lo que no dice —o no parece entender cabalmente— es que el “tigre de papel” fue, durante tres cuartos de siglo, funcional a los intereses estratégicos americanos de maneras que van mucho más allá del reparto de costos militares.

La frustración estructural: no es un accidente, es una doctrina

La amenaza de salida de la OTAN no es una novedad de este episodio iraní. Es la culminación de una posición estratégica que Trump articuló con claridad en su primer mandato y que en la segunda administración encontró expresión formal en los documentos de seguridad nacional. La lógica es consistente: Estados Unidos quiere concentrarse en sus intereses estratégicos prioritarios —contener a China en el Indo-Pacífico, asegurar el hemisferio occidental— y para eso necesita que sus aliados se hagan cargo de sus propias esferas de influencia y no dependan del paraguas americano como si fuera gratuito e ilimitado.

La demanda de que los aliados europeos aumenten su gasto en defensa al 5% del PIB —un umbral que solo Polonia roza actualmente— no es una excentricidad retórica. Es la expresión de una doctrina de offshore balancing que viene ganando terreno en el pensamiento estratégico americano hace décadas y que Trump convirtió en política declarada. La guerra con Irán no creó esa posición; simplemente le proveyó un argumento coyuntural poderoso para acelerarla.

El comportamiento hacia los aliados durante estos años refuerza la lectura. Las amenazas de absorción de Canadá, las declaraciones sobre Groenlandia, el trato a los socios europeos como subordinados o como activos a negociar: todo esto señala que Trump no concibe la alianza atlántica como una comunidad de valores y seguridad compartida sino como un contrato de prestación de servicios que EE.UU. suscribió en condiciones que ya no le resultan favorables. El primer ministro canadiense lo capturó con precisión en Davos, en enero de 2026: la pertenencia al club multilateral liberal ya no garantiza la seguridad por sí sola. Esa frase, dicha desde Canadá, el vecino más cercano e incondicional de EE.UU., es la medida de la ruptura.

Lo que realmente se derrumba: el orden post-1945

Si la retirada americana de la OTAN se concreta, el impacto más profundo no será militar sino sistémico. La alianza atlántica no es solo un dispositivo de defensa colectiva: es el pilar sobre el que descansa la credibilidad del compromiso americano en materia de seguridad a escala global. La pregunta que se harán Japón, Corea del Sur, Australia y Taiwan no será “¿qué pasa en Europa?” sino “¿cuánto vale el compromiso de seguridad que tenemos con Washington?”.

El orden liberal internacional surgido de 1945 descansa sobre tres pilares: el multilateralismo institucional —Naciones Unidas, OMC, organismos financieros internacionales—, la arquitectura de seguridad colectiva con EE.UU. como garante de última instancia, y un conjunto de normas compartidas sobre soberanía, resolución de conflictos y derechos humanos. Los tres pilares llevan al menos una década bajo presión. Lo que haría la retirada de la OTAN es convertir lo que hasta ahora fue una crisis de legitimidad en una crisis de arquitectura: pasar de un orden cuestionado a un orden sin andamiaje.

El único antecedente histórico de transición hegemónica en el mundo occidental es el pasaje de la Pax Británica a la Pax Americana en el primer tercio del siglo XX. Pero en ese caso había un sucesor disponible y, eventualmente, dispuesto. Hoy no lo hay. China tiene capacidades y ambiciones, pero no tiene la red de alianzas, la vocación multilateral ni la aceptación internacional necesaria para ejercer ese rol. Le conviene más el desorden que cualquier orden que no haya diseñado ella. Europa no tiene todavía la masa crítica autónoma para reemplazar el paraguas americano. El vacío no tiene candidato a ocuparlo.

El dilema europeo: autonomía estratégica en condiciones imposibles

La respuesta europea al escenario de retiro americano es la aceleración de la autonomía estratégica. El proceso ya está en marcha: la iniciativa ReArm Europe, la reforma del freno constitucional al endeudamiento en Alemania para financiar defensa, Polonia operando ya por encima del 4% del PIB en gasto militar, debates abiertos sobre coordinación nuclear entre Francia y el resto de la Unión Europea. La dirección es clara.

El problema es el timing y las restricciones estructurales. Europa enfrenta simultáneamente tres imperativos fiscales incompatibles: aumentar el gasto en defensa, sostener el Estado de bienestar sobre una pirámide demográfica invertida, y mantener cierta disciplina fiscal en un contexto de deuda alta y tasas de interés que ya no son las del dinero gratuito de la era posterior a 2008.

Las sociedades europeas son sociedades envejecidas. Una pirámide demográfica invertida no es solo un problema para el financiamiento de las pensiones: también implica menos jóvenes disponibles para las fuerzas armadas, mayor presión sobre los sistemas de salud, y una base impositiva que no crece al mismo ritmo que las necesidades. Cuando se recorta para financiar defensa, lo que históricamente cede primero son la inversión en infraestructura, educación, cooperación internacional y la agenda climática. Los recortes reales en salud y pensiones son políticamente letales, como demostró la experiencia francesa.

Aquí emerge la paradoja política más peligrosa del escenario: el esfuerzo fiscal que exige la autonomía estratégica europea alimenta exactamente el malestar social que le da oxígeno a los partidos que debilitan la integración europea y son ambiguos respecto a la alianza atlántica. Le Pen, AfD, Fidesz, los partidos de la nueva derecha populista en Italia, Austria, Eslovaquia —todos son beneficiarios del descontento generado por la austeridad y la presión sobre el Estado de bienestar. El proyecto de rearmarse para preservar el orden liberal puede generar las condiciones políticas que lo corroan desde adentro.

La ventana de vulnerabilidad y Rusia

El retiro formal de EE.UU. de la OTAN también significaría el fin del paraguas nuclear extendido sobre Europa. Francia posee disuasión nuclear propia, pero su doctrina de défense tous azimuts fue diseñada como garantía nacional, no como sustituto del compromiso americano. El Reino Unido tiene capacidad nuclear, pero su vínculo con la arquitectura de defensa europea post-Brexit es políticamente complicado. Construir una disuasión nuclear genuinamente europea —con coordinación entre Francia y el resto— es un proyecto de una complejidad política y técnica formidable que no puede ejecutarse en el corto plazo.

El resultado es una ventana de vulnerabilidad de al menos una década, durante la cual Europa estaría en proceso de construir capacidad autónoma pero todavía sin el paraguas americano. Rusia lleva años leyendo y explotando exactamente este tipo de intervalos. El escenario más peligroso no es una guerra directa —que activaría respuestas proporcionales— sino la presión en zonas grises: tensiones en los países bálticos, presión sobre Moldavia, operaciones de influencia, guerra cibernética, sabotaje de infraestructura crítica. Todo aquello que no llega al umbral del conflicto armado pero que erosiona la cohesión y la voluntad de respuesta.

El gran beneficiario estratégico de la retirada americana de la OTAN sería Rusia, no en términos de victoria militar inmediata, sino de recuperación de influencia sobre su periferia occidental en el momento en que el orden que la contenía se está reconfigurando.

Conclusión: el costo de abandonar la hegemonía

Trump argumenta que EE.UU. paga demasiado por una alianza que no le responde cuando la necesita. El argumento tiene una lógica superficial. Lo que omite es la otra mitad del balance: durante 75 años, la OTAN le proveyó a EE.UU. bases de proyección global, legitimación multilateral para operaciones que de otro modo habrían sido unilaterales, redes de inteligencia compartida de alcance global, y el andamiaje institucional que hizo de la hegemonía americana algo diferente a una dominación abierta. El costo de mantenimiento era alto; el valor estratégico extraído era inconmensurable.

El problema no es solo Trump. Es que EE.UU. lleva años mostrando una fatiga hegemónica real: la voluntad de pagar los costos del liderazgo global está erosionada en ambos partidos, aunque con intensidades y expresiones distintas. Trump lo hace explícito y lo convierte en doctrina; otros lo administran en silencio. La pregunta que el sistema internacional deberá responder en los próximos años no es si Trump va a salir de la OTAN. Es si el orden que la OTAN sostuvo puede sobrevivir a la retirada del único actor que tenía tanto los recursos como la voluntad para garantizarlo. Los vacíos de poder en la historia rara vez quedan vacíos por mucho tiempo.

Fuentes consultadas:

  • CNN, “Trump suggests he is ‘absolutely’ considering withdrawing from NATO” (1 abril 2026)
  • TIME, “Trump Threatens to Pull U.S. Out of NATO. Can He Legally Do That?” (1 abril 2026)
  • CBS News, “Trump says he might withdraw from NATO, even though the law says he can’t without Congress’ approval” (1 abril 2026)
  • Congress.gov, “Separation of Powers and NATO Withdrawal” — Congressional Research Service
  • Lawfare Media, “What Congress Has Done to Protect NATO”

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