La cumbre del 14 y 15 de mayo iba a ordenar aranceles, tierras raras y comercio. La guerra con Irán reescribió la prioridad. Para los países latinoamericanos —especialmente Argentina, atrapada entre el alineamiento con Washington y la dependencia comercial con Beijing— la falta de definiciones bilaterales tiene un costo concreto.

Aquí se muestra la última vez que un presidente estadounidense en funciones realizó una visita de Estado a China. El presidente Donald Trump viajó a Pekín en noviembre de 2017, durante su primer mandato, para reunirse con el presidente chino Xi Jinping. Crédito: Pool | Getty Images
Cuando Donald Trump y Xi Jinping se reúnan los próximos 14 y 15 de mayo, será la primera visita de un presidente estadounidense en ejercicio a China desde 2017. La expectativa, hace algunas semanas, era que el encuentro marcara una hoja de ruta para los temas más sensibles de la relación bilateral: aranceles, exportación de tierras raras, restricciones tecnológicas, semiconductores. Ya no.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, lo confirmó esta semana: la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, que estalló el 28 de febrero y que esta misma semana reanudó intercambios de fuego en el estrecho de Ormuz, será el eje de la conversación. Lo que iba a ser una cumbre económica se convirtió en una cumbre de seguridad. Y como toda cumbre de seguridad, congela todo lo demás.
Las señales son claras. La delegación empresarial estadounidense que acompañará a Trump podría reducirse a la mitad de la lista original de dos docenas de ejecutivos. En 2017, en su primera visita, lo acompañaron casi treinta CEOs y se firmaron 37 acuerdos por más de 250 mil millones de dólares. La Casa Blanca declinó esta vez la invitación china a organizar reuniones sectoriales, por temor a que las empresas norteamericanas aparecieran demasiado cercanas a Beijing. Boeing y Citigroup confirmaron asistencia; muchos otros no. La iconografía importa, pero los acuerdos se cierran con números, no con fotos.
Para América Latina, este desplazamiento de prioridades tiene consecuencias materiales. Argentina, Brasil, Chile y Perú son nodos críticos en las cadenas globales de litio, cobre y minerales para baterías, exactamente los recursos sobre los que Estados Unidos y China están en disputa abierta. Las exportaciones agrícolas de la región dependen, en parte, de que Beijing y Washington definan reglas de mediano plazo: ¿habrá aranceles cruzados sostenidos? ¿China seguirá comprando soja como compensación política? ¿Las restricciones chinas a la exportación de tierras raras se profundizan o se alivian?
Sin esas definiciones, la inversión queda paralizada. Y para Argentina, atrapada en una doble dependencia, el problema se agudiza. El gobierno de Milei apostó por un alineamiento estratégico con Washington, pero la realidad comercial es que China es el principal comprador de soja, carne vacuna y litio argentinos. El RIGI y las concesiones mineras se diseñaron para atraer capital de ambos lados del tablero; sin claridad geopolítica, los proyectos se postergan.
El diagnóstico de Ian Bremmer, publicado el 7 de mayo en Project Syndicate, es contundente: la guerra de Irán está acelerando el realineamiento geopolítico más profundo desde el fin de la Guerra Fría. Europa se mueve hacia esquemas de defensa fuera de la OTAN. Los aliados del Golfo —según un análisis reciente en Foreign Affairs— consideran abiertamente diversificar socios, aunque concluyen que Washington sigue siendo irreemplazable. China, mientras tanto, hace hedging puro: se promociona como líder del Sur Global pero se abstiene en el Consejo de Seguridad cuando Irán ataca a sus socios del Golfo, y firma cinco principios de coexistencia pacífica que en la práctica significan no comprometerse con nada.
Es un mundo en el que las potencias medias —y América Latina lo es, colectivamente— se vuelven actores invisibles cuando los grandes están concentrados en otra cosa. La guerra de Irán no es solo una crisis del Medio Oriente: es la prueba de que cuando dos superpotencias se enfrentan en un teatro lejano, los temas estructurales de las regiones periféricas quedan sin negociadores.
¿Qué puede hacer Argentina? Tres cosas, al menos. Primero, dejar de esperar que la cumbre Trump-Xi defina nuestra política exterior por nosotros: no nos van a poner en la agenda. Segundo, profundizar la coordinación regional —Mercosur, Alianza del Pacífico, foros de minerales críticos— para tener masa negociadora propia. Tercero, asumir que el alineamiento identitario es barato pero la diplomacia económica es cara: exige presencia técnica, continuidad institucional y cuadros formados.
La cumbre del 14 y 15 de mayo se va a recordar por Irán. Para América Latina, debería recordarse por la pregunta que dejó sin respuesta: si no estamos en la mesa, ¿quién nos representa?