Israel, el nuevo imperio británico: poder, expansión y estrategia | Una comparación histórica

El recrudecimiento del conflicto en Oriente Medio (intensificado exponencialmente tras los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 y extendido posteriormente al frente libanés) ha reabierto un severo debate global. Las acciones militares y las políticas de asedio aplicadas sobre la población civil recuerdan de forma recurrente las atrocidades nazis de la Europa de los años 1930-1940. Esta perspectiva adquirió una gravedad institucional sin precedentes cuando, en 2025, expertos y comités de las Naciones Unidas señalaron que las acciones en la Franja de Gaza presentaban características constitutivas de un proceso de genocidio.

Sin embargo, el análisis histórico riguroso revela una realidad soslayada e incómoda: el andamiaje ideológico del nacionalsocialismo (caracterizado por el colonialismo de asentamiento, la segregación racial, la eugenesia y el ultranacionalismo expansionista) no emergió de forma aislada, sino que dialogó con —y se sirvió retóricamente de— los modelos imperiales de las potencias anglosajonas.

Por un lado, el Imperio británico sirvió como modelo de gestión territorial para el Tercer Reich. En las páginas de Mein Kampf, Adolf Hitler manifestó explícitamente su admiración por la implacable eficiencia de la dominación colonial británica, considerándola un referente que Alemania debía emular para articular su propio imperio continental. La fascinación no se limitaba al dictador; figuras clave como el ministro de Propaganda del Reich, Joseph Goebbels, ensalzaron (dentro de la privacidad nazi) a imperialistas británicos como Cecil Rhodes, viendo en su pragmatismo expansionista la justificación perfecta para la subordinación de otros pueblos. La admiración de Goebbels por Rhodes se conoce gracias a sus diarios privados publicados por el Instituto de Historia Contemporánea de Múnich entre 1993 y 2008.

Cecil Rhodes (1853-1902)  fue un influyente magnate de los diamantes e imperialista británico que expandió el control colonial en el sur de África, fundando la mundialmente conocida compañía de diamantes De Beers y los territorios de Rhodesia (actuales Zimbabue y Zambia). Imagen: Expansión

Por otro lado, la política demográfica y territorial de los Estados Unidos ejerció una influencia determinante en la legislación nazi:

Ingeniería social y segregación: Las infames Leyes de Núremberg de 1935, que despojaron de derechos a la población judía, tomaron como base jurídica y metodológica las leyes de segregación racial y los precedentes de eugenesia institucionalizada vigentes en los Estados Unidos.

El Lebensraum (Espacio Vital): La campaña de aniquilación y desplazamiento que el régimen nazi proyectó sobre los pueblos eslavos en Europa del Este concebía una transposición exacta de la expansión estadounidense hacia el Oeste. El confinamiento de poblaciones nativas en guetos y campos de trabajo se estructuró bajo el mismo principio de reclusión forzosa aplicado en el sistema de reservas para los nativos americanos.

En definitiva, la maquinaria totalitaria de la Alemania nazi no inventó los mecanismos de opresión racial ni el expansionismo territorial; los sistematizó e industrializó bajo una doctrina perversa, cuyos precedentes institucionales y coloniales ya habían sido ensayados con éxito por los grandes imperios del siglo XIX.A continuación compararemos determinados comportamientos del Imperio Británico en el siglo XIX con los comportamientos de Israel hoy día.

Imagen de la reina Victoria de Inglaterra, Victoria ocupó el trono entre 1837 y 1901 y, bajo su reinado, el país progresó industrialmente y expandió sus dominios como nunca antes. FOTO: National Geographic

El derecho divino y el providencialismo imperial

El primer punto de unión entre el Imperio británico y el Estado de Israel radica en la sacralización de su propia expansión. Ambas potencias articularon la narrativa de ser «los elegidos», comunidades ungidas por la providencia para habitar determinados territorios y ejecutar misiones históricas trascendentales. Sin embargo, la naturaleza y los mecanismos de esta legitimación teológica presentan asimetrías profundas.

Por un lado, el imperialismo británico del siglo XIX se sustentaba en un providencialismo civilizador. Londres no reclamaba la propiedad mística o la soberanía absoluta de las tierras que anexionaba, sino el mandato divino de tutelarlas. Bajo esta premisa, la Providencia había designado a la potencia anglosajona para exportar el orden legal, el libre comercio, el cristianismo y el progreso técnico a los confines del planeta. Era la racionalización del imperio mediante una supuesta responsabilidad moral y universal ante el mundo.Por el otro, el Estado de Israel apela a una vertiente mucho más atávica y excluyente: el derecho divino originario. Para los sectores más integristas del sionismo religioso, la tierra no es una concesión geopolítica ni un fideicomiso, sino una herencia inalienable e incontestable prometida por Dios. Bajo esta cosmovisión, la soberanía emana directamente de las escrituras sagradas, lo que (a ojos de sus defensores) exime al Estado de rendir cuentas ante la legalidad internacional o el derecho humanitario. Esta mentalidad la verbalizó el propio ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, al presentar en septiembre de 2025 su plan de anexión del 82% de Cisjordania, cuando declaró sin ambages: «Judea y Samaria no son territorio en disputa; son la herencia de nuestros ancestros desde hace generaciones. Nunca habrá, ni puede haber, un Estado palestino en nuestra tierra».

Ministro de Finanzas israelí, el colono y extremista Bezalel Smotrich. FOTO: CNN

El análisis de este contraste ideológico arroja una paradoja temporal desconcertante: la retórica utilitarista del Imperio británico decimonónico, con su pretensión de universalidad y progreso, reviste una sofisticación y modernidad conceptual muy superiores al dogmatismo teocrático y excluyente que exhiben los estamentos más influyentes del Israel contemporáneo.

Si vis pacem, para bellum

“Si quieres la paz, prepárate para la guerra”, rezaba el célebre aforismo romano. Una máxima que define, en su estado más puro, el concepto contemporáneo de disuasión estratégica.

Existe un paralelismo histórico fascinante entre el Imperio Británico del siglo XIX y el Israel actual: ambos convirtieron la vulnerabilidad geográfica en el motor de su supremacía tecnológica. Durante la época victoriana, el Imperio británico rentabilizó doblemente su Revolución Industrial para erigir la maquinaria militar más formidable del planeta. Solo mediante esta brecha tecnológica se explica que una pequeña isla europea de apenas 210 000 km² lograse articular un imperio global ultramarino de 35 millones de km², tutelando el 24% del mapa terrestre.

Imperio Británico en su máxima expansión en 1922. Imagen: ElOrdenMundial.Com

Israel, por su parte, se vio obligado a asimilar esta lección desde el día de su nacimiento. Tras su guerra de independencia, el nuevo Estado hebreo tuvo que cimentar su propia industria de defensa debido a un revés inesperado: el embargo de armamento impuesto por los Estados Unidos y la ONU a las partes beligerantes. En un giro irónico de la historia, quienes hoy son sus aliados más inquebrantables le dieron la espalda en su momento más crítico.

La razón detrás de este pragmatismo occidental se resume en una sola palabra: petróleo. Tras la Segunda Guerra Mundial, la reconstrucción y la rápida industrialización de Occidente dependían del crudo árabe. Ante este aislamiento, los israelíes se vieron obligados a recurrir al ingenio y a la audacia; obtuvieron por canales discretos ingentes cantidades de armamento checoslovaco (excedentes de la guerra mundial que contaron con el visto bueno secreto de Iósif Stalin). En talleres clandestinos y fuera del radar de las grandes potencias, los ingenieros israelíes comenzaron a modificar este arsenal. Hicieron de la necesidad imperiosa una virtud geopolítica.

Hoy, Israel replica en Oriente Medio la doctrina que Gran Bretaña ejecutó en los océanos. El Estado hebreo ha configurado unas Fuerzas Armadas tecnológicamente avanzadas que (pese a contar con una inyección crucial de ayuda exterior) permiten a un país de poco más de 20 000 km² ejercer una disuasión incontestable en una región de más de 7 millones de km² (Oriente Medio). Tecnologías de vanguardia como la gestión de combate mediante Big Data, la inteligencia artificial predictiva, los enjambres de drones autónomos para misiones de alta letalidad o el blindaje aeroespacial de la Cúpula de Hierro son solo algunos ejemplos. No son meras herramientas de guerra; son el escudo tecnológico que garantiza la supervivencia de un país condenado a vivir en alerta.

Friends will be friends

Las alianzas internacionales rara vez nacen de la simpatía; nacen de la necesidad y se consolidan con el pragmatismo. En el gran teatro de la geopolítica, el Imperio Británico del siglo XIX y el Estado de Israel de nuestros días comparten una carambola histórica idéntica: ambos aprendieron a hablar el idioma del poder estadounidense para asegurar su propia supervivencia, convirtiéndose, cada uno en su época, en los guardianes de los intereses de Washington.

En 1823, la joven nación de Estados Unidos proclamó la Doctrina Monroe, advirtiendo a las potencias europeas que no toleraría nuevas colonizaciones en América. En el papel, la amenaza de Washington era un farol; carecía de la armada para respaldarla. Sin embargo, el Imperio Británico vio la oportunidad perfecta. En lugar de desafiar la doctrina, la Royal Navy se convirtió en su brazo ejecutor invisible. Londres protegió las costas americanas no por altruismo hacia sus antiguos súbditos, sino porque mantener el continente libre de imperios rivales garantizaba su propio monopolio comercial.

Un siglo y medio después, el tablero se invirtió. Israel entendió el valor de alinearse con el nuevo gigante americano. A través de la influencia y el lazo de confianza de la próspera diáspora judía en Estados Unidos, Tel Aviv logró lo que Londres en el siglo XIX: que la mayor superpotencia global pusiera su escudo militar y su veto diplomático en la ONU a su servicio. Al igual que los británicos usaron la Doctrina Monroe para blindar sus intereses económicos, Israel utiliza hoy el paraguas de Washington para asegurar su soberanía regional.

Pero como bien vimos antes, las amistades geopolíticas son tan intensas como efímeras. Antes de ser el bastión de Occidente, Israel tuvo un padrino impensable: la URSS de Iósif Stalin. En 1948, la URSS fue la primera en enviar armas al naciente Estado judío a través de Checoslovaquia (saltándose el embargo de EEUU y la ONU) permitiendo su supervivencia militar. Stalin vio el carácter socialista de los fundadores de Israel y sus colectivos kibutzim, y asumió erróneamente que el nuevo país sería un satélite comunista para expulsar a los británicos de Oriente Medio.

Pero el cálculo falló. El fervor de los propios judíos soviéticos hacia Israel (visible en la histórica visita de Golda Meir a Moscú) desató la paranoia de Stalin. Al igual que el Imperio Británico descubrió a finales del siglo XIX que no podía confiar en alianzas ideológicas y prefirió el pragmatismo de acercarse a EE. UU. ante la amenaza alemana, Israel rompió amarras con Moscú cuando el Kremlin empezó a armar a sus enemigos árabes. La supervivencia exigía mirar hacia el oeste.

El matrimonio definitivo con Washington se selló en la Guerra de los Seis Días de 1967. En mitad de la Guerra Fría, con el nacionalismo árabe y el socialismo baazista patrocinados por la URSS ganando terreno, Israel demostró su valor estratégico. Al aplastar a los ejércitos árabes armados por los soviéticos en apenas una semana, el presidente Lyndon B. Johnson comprendió que Israel no era una carga, sino el mayor activo estadounidense en la región.

Aquí se consuma el paralelismo imperial. En el siglo XIX, Gran Bretaña controlaba el mundo asegurando puntos estratégicos clave (Gibraltar, Malta, Suez) para contener el avance del Imperio ruso. Hoy, Israel opera bajo esa misma lógica en Oriente Medio. Funciona, de facto, como una potencia anglosajona incrustada en la región: comparte doctrina militar, tecnología de punta, valores y una cosmovisión idéntica a la del eje Washington-Londres. Es el “portaaviones terrestre” que contiene el avance de las potencias rivales (antes la URSS, hoy el eje iraní) sin que Estados Unidos tenga que desplegar permanentemente a sus propios soldados.

Sin embargo, esta red de alianzas se fragmenta al mirar a la Unión Europea, donde Israel cuenta con un sofisticado escudo diplomático. Existe un paralelismo fascinante con el siglo XIX: del mismo modo que el Imperio Británico lograba dividir a las potencias de la Europa continental para que no formaran un bloque único en su contra (la clásica política de “equilibrio de poder”), el Israel moderno se beneficia de una fractura interna en Bruselas. Mientras que los países nórdicos y del sur de Europa exigen firmeza, un poderoso eje al este y al centro del continente le permite prácticamente todo.

¿Por qué? Podemos resumir esta pregunta en 3 motivos:

1. El peso de la culpa y el historial de la persecución: En el centro y el este de Europa (Alemania, Austria, República Checa, Polonia), el respaldo a Israel es el eje de su política exterior, blindado por el remordimiento. El antisemitismo en Europa oriental no nació con Hitler ni con el nazismo; era una práctica estructural con siglos de arraigo. Desde las matanzas medievales hasta los brutales pogromos (linchamientos organizados) del Imperio ruso y las restricciones de derechos en la Polonia prenazi, el este y el centro de Europa tienen un largo historial de violencia contra las comunidades judías. Hoy, la hiperfidelidad diplomática de estas naciones hacia Israel funciona como un mecanismo de expiación: al otorgar a Tel Aviv una impunidad diplomática casi total en Bruselas, estos gobiernos intentan sepultar los fantasmas de su propio pasado y demostrar que han roto definitivamente con su trágica tradición de intolerancia pero a cambio de cometer los mismos errores del pasado; esta vez las víctimas son los palestinos, los libaneses y cualquier otro país de la región que intente mínimamente parar la política expansionista de Israel.

2.  Pragmatismo militar: Israel es un líder mundial en tecnología de defensa, ciberseguridad y sistemas de vigilancia probados en combate en Oriente Medio. En una Europa obsesionada con la amenaza rusa y el terrorismo, depender de los satélites, drones y sistemas de inteligencia de Israel pesa muchísimo más en la balanza que cualquier resolución de derechos humanos.

3. El “muro” contra el Islam político: Este punto está cada vez menos encima de la mesa ya que es sabido que Israel por medio de sus servicios de inteligencia toleró, y según testimonios de sus propios funcionarios, financió y alentó a grupos islamistas radicales con el fin de dividir a las fuerzas palestinas por ejemplo. Sin embargo, para muchos de los países del centro y el este de Europa, Israel es visto, a nivel ideológico y cultural, como la última frontera de los valores occidentales en un Oriente Medio hostil. Ven a Israel como un amortiguador o un “muro de contención” frente a las corrientes del islam político radical, un argumento que resuena con fuerza en los debates internos de estos países sobre inmigración y seguridad nacional.   En este punto podemos ver que el Imperio Británico del siglo XIX y el Israel de hoy entendieron la misma regla de oro: para mantener la impunidad en sus acciones, hay que asegurarse de que tus vecinos clave dependan de tu fuerza, de tus secretos o de tu pasado.

Divide y vencerás

El control de grandes masas de población y territorio por parte de Estados geográficamente y demográficamente reducidos nunca ha sido una cuestión de mera fuerza bruta, sino de arquitectura estratégica. Tanto para el Imperio británico en el siglo XIX como para el Estado de Israel en la contemporaneidad, la supervivencia y la expansión han dependido de una herramienta tan antigua como letal: la fragmentación del adversario. Lejos de ser una simple táctica militar, la doctrina del divide y vencerás se erige en ambas potencias como el eje vertebrador de su política exterior; un mecanismo de precisión diseñado para explotar las fallas identitarias, religiosas y territoriales de sus respectivos entornos operativos.

Un ejemplo paradigmático de esta praxis se encuentra en la partición de Oriente Próximo entre Gran Bretaña y Francia en 1916 mediante el Acuerdo Sykes-Picot, en plena Primera Guerra Mundial. La particularidad de este pacto radica en que, apenas un año antes, los británicos habían acordado con los pueblos árabes bajo dominio otomano el apoyo a su rebelión contra Constantinopla a cambio de su posterior independencia. Londres instrumentalizó estas aspiraciones omitiendo deliberadamente los detalles de la futura organización territorial, ofreciendo narrativas contradictorias a los diferentes actores implicados.

Uno de los líderes directamente afectados por esta estrategia fue el jerife Hussein ibn Ali, de la dinastía hachemita (actualmente reinante en Jordania), quien preveía el establecimiento de un gran Estado árabe unificado en la península arábiga. No obstante, en 1917, el Gobierno británico emitió la Declaración Balfour, prometiendo la región histórica de Palestina al movimiento sionista para la creación de un “hogar nacional judío”, comprometiendo simultáneamente ese mismo territorio ante los nacionalistas árabes. Esta duplicidad diplomática constituyó una de las causas estructurales del actual conflicto palestino-israelí.

Esta metodología no se limitó a Oriente Próximo:

El condominio anglo-egipcio de Sudán: Entre 1924 y 1943, la administración colonial segregó y enfrentó de manera deliberada a las regiones del norte y del sur basándose en criterios étnicos y religiosos para asegurar el control metropolitano. Aunque el territorio fue unificado de nuevo en 1943 y alcanzó la independencia en 1956, las fracturas institucionales heredadas derivaron en conflictos civiles crónicos y crisis humanitarias que persisten en la actualidad.

El Raj Británico: En el subcontinente indio, las autoridades coloniales profundizaron las divisiones confesionales entre hindúes y musulmanes para neutralizar los movimientos revolucionarios unitarios. Esta política culminó en la traumática partición de la India en 1947 (y la posterior secesión de Bangladesh en 1971), consolidando fronteras conflictivas que hoy en día siguen generando picos de violencia, notablemente en la región de Cachemira.

La segregación en el sur de África: En colonias como Rodesia (actual Zimbabue), se impuso un sistema de exclusión socioeconómica donde la minoría blanca concentraba los recursos y el poder, mientras que a la población nativa se le restringía el acceso a la educación formal para evitar su articulación política. Como consecuencia, tras los procesos de descolonización, los nuevos Estados independientes carecieron de los cuadros técnicos e institucionales necesarios para la gobernanza, lo que propició periodos de inestabilidad, golpes de Estado y crisis sistémicas. En la actualidad, el Estado de Israel replica esta lógica estratégica en su entorno regional, buscando incentivar la fragmentación para erigirse en el árbitro geopolítico de la zona. Acciones como el acercamiento diplomático a Somalilandia, el respaldo indirecto a los movimientos separatistas del sur de Yemen a través de los Emiratos Árabes Unidos, o el interés estratégico en el nacionalismo kurdo en Irán responden a la necesidad de Tel Aviv de atomizar a los actores de la región. Al ser un Estado de dimensiones reducidas, su prioridad es impedir la consolidación de potencias rivales capaces de unificar el espacio árabe-islámico.

Ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, reunido con el presidente de Somalilandia, Abdirahman Mohamed Abdullahi el pasado mes de enero. Israel se convirtió en el primer país del mundo en reconocer a Somalilandia, país que declaró su independencia en 1991. Imagen: AL-MONITOR

Esta premisa explica la influencia de los sucesivos gabinetes de Benjamín Netanyahu y de los grupos de presión en Washington durante la invasión de Irak en 2003, la escalada de tensión con Irán documentada hacia 2026, y el endurecimiento de la retórica hacia Ankara a medida que Turquía adopta una postura más asertiva y crítica en Oriente Próximo y África.

En el plano interno, la estrategia se manifiesta con total claridad sobre el terreno. A la separación geográfica entre Cisjordania y la Franja de Gaza se añade una calculada división política. Ami Ayalon, director del servicio de inteligencia interior (Shin Bet) entre 1996 y 2000, señaló en una producción documental de Arte TV (Hamas: la creación de un monstruo del año 2024) que, durante las décadas de 1970 y 1980, la inteligencia israelí “apoyó”  a facciones islamistas locales como contrapeso secular a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat; un ecosistema político del cual emergería posteriormente Hamás.

Tras las acciones del 7 de octubre de 2023, diversos analistas y organizaciones internacionales han recordado declaraciones de líderes políticos israelíes que justificaban la coexistencia con Hamás como herramienta para debilitar a la Autoridad Nacional Palestina (ANP). En 2015, el actual ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, afirmó públicamente que Hamás representaba un “activo” estratégico para impedir que la comunidad internacional reconociera un Estado palestino formal.

Bajo esta misma lógica, en 2018, el Gobierno de Netanyahu autorizó canales diplomáticos y de inteligencia (coordinados a través del Mossad) para permitir la entrada mensual de millones de dólares en efectivo procedentes de Qatar destinados a la administración de la Franja de Gaza. Mientras se mantenía (y se mantiene) un estricto bloqueo sobre Gaza y se asfixiaba económicamente a Cisjordania, se facilitaba la viabilidad financiera de una organización catalogada como terrorista por el propio marco legal israelí. El propio Netanyahu fue explícito ante los miembros de su partido en la Knesset en 2019, al señalar que quienes se opusieran a la solución de los dos Estados debían apoyar a Hamas.

Más allá del ámbito político, el divide y vencerás se ejecuta materialmente mediante la expansión de asentamientos en la Cisjordania ocupada. Estas colonias están diseñadas para quebrar la continuidad territorial del suelo palestino, impidiendo la conexión física entre sus centros de población y bloqueando su desarrollo económico. Un hito crítico en esta política es el impulso del polémico proyecto “E1” (East 1), reactivado por el Ministerio de Finanzas de Bezalel Smotrich. Este plan contempla la construcción de más de 3.000 viviendas en un área sensible de Cisjordania, lo que consolidaría la división del territorio en dos mitades aisladas y cortaría definitivamente el acceso de la población palestina a Jerusalén Este, considerada la capital histórica de su proyectado Estado.

El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, presenta el proyecto “E1” en verano de 2025 como respuesta al reconocimiento del Estado palestino por parte de Francia, Reino Unido y Canadá. Imagen: ElGrandContinent

Finalmente, el marco normativo establece un régimen de segregación legal análogo a los sistemas de control colonial históricos. En los territorios ocupados, la población palestina está supeditada a la jurisdicción de los tribunales militares israelíes, mientras que los colonos judíos que residen en la misma demarcación geográfica (cuya actividad suele estar marcada por episodios de violencia comunitaria) gozan de la cobertura del derecho civil israelí.

Esta asimetría institucional está respaldada por figuras de la extrema derecha en el Ejecutivo, como el propio Smotrich y el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir. Este último ha promovido recientemente una severa legislación penal que aplica la pena de muerte a actos tipificados como terrorismo cometidos por palestinos. Críticos y observadores internacionales señalan que este entramado legal está diseñado para blindar las acciones de los colonos y perseguir de forma selectiva a la población nativa, trazando paralelismos históricos con los regímenes de segregación del apartheid sudafricano o las legislaciones de ocupación de la Alemania nazi en Europa.

La democracia como escudo

Un axioma constante en la retórica oficial del Estado de Israel ante las críticas internacionales por sus acciones militares en Palestina, en el Líbano o en su confrontación reciente con Irán, es su autoproclamación como “la única democracia de Oriente Próximo”. Bajo esta premisa, Tel Aviv invoca una supuesta afinidad en los “valores occidentales” para reclamar una suerte de discrecionalidad bélica y una exención de las normas de derecho internacional que vinculan al resto de los actores globales.

Mensaje en X del ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, atacando a la Alta Representante de la UE por sus palabras sobre Israel. Como vemos, Saar no olvida su “comodín” de ser la “única democracia de Oriente Medio”. Lo cual parece que en Tel Aviv lo entienden como manga ancha para su política colonialista en pleno siglo XXI.

Este escudo argumental, diseñado para blindar sus operaciones sobre el terreno, es validado y reproducido de manera sistemática por aliados estratégicos como Estados Unidos y Alemania. Un ejemplo paradigmático (y preocupante) de esta asimetría moral se evidenció en octubre de 2024, cuando la entonces ministra de Asuntos Exteriores alemana (y actual Presidenta de la Asamblea General de Naciones Unidas), Annalena Baerbock, afirmó ante el Bundestag (Parlamento Federal) que los emplazamientos civiles podían perder su estatus de protección si los combatientes se ocultaban tras ellos —mencionando expresamente las escuelas—; una narrativa que coincide con la doctrina del “escudo humano” empleada de forma recurrente por el mando militar israelí para justificar ataques sobre infraestructura civil. La declaración, formulada en el marco del primer aniversario del 7 de octubre, fue contestada por cientos de académicos que exigieron su retractación.

Esta instrumentalización de las credenciales institucionales no constituye un fenómeno inédito en la historia de las relaciones internacionales. Durante el siglo XIX, el Imperio británico ejecutó una estrategia idéntica, utilizando su fortaleza parlamentaria y el Rule of Law (el imperio de la ley) como comodines ideológicos para legitimar su expansionismo territorial. Londres presentaba su modelo constitucional y su autoproclamada “misión civilizadora” como el estándar de oro para Europa y, por extensión, para el resto del planeta. Dentro de esta construcción mitológica, los británicos se autoerigían como la cúspide política global frente al absolutismo de la Corona española o la inestabilidad crónica de los sucesivos regímenes revolucionarios franceses.

Póster propagandístico británico de 1910 donde se puede ver a soldados de distintas colonias dando las “Gracias” al Rey Británico (Jorge V entonces).

Sin embargo, la praxis colonial británica contrastaba abiertamente con su discurso ilustrado. En los territorios bajo su dominio, el Imperio rara vez exportó las libertades civiles de la metrópoli. En la mayoría de los casos, la administración colonial optaba por la cooptación de las élites locales, ofreciendo protección militar a cambio de enclaves estratégicos y control comercial. En los escenarios donde se implementaron instituciones representativas (como asambleas o consejos legislativos), estas operaban como meras fachadas de legalidad desprovistas de soberanía real, dado que el Gobernador General, impuesto directamente por Londres, concentraba un poder absoluto con capacidad de veto irrestricto.

El caso de Hong Kong ilustra a la perfección esta flagrante contradicción histórica. Mientras que en la actualidad el Gobierno británico y las potencias occidentales exigen formalmente a Beijing el respeto a las libertades democráticas y a la autonomía institucional de la excolonia, el balance de los 156 años de dominio británico (1841-1997) revela un desinterés sistemático por dichos principios. A lo largo de más de un siglo y medio de administración colonial, Londres sólo consintió la celebración de dos procesos electorales legislativos parcialmente democráticos en la década de 1990 (1991 y 1995), una reforma tardía ejecutada únicamente como repliegue estratégico ante la inminente transferencia de soberanía a la República Popular China. Durante todo el periodo anterior, el Consejo Legislativo permaneció supeditado a la autoridad autocrática del gobernador británico.

Hasta el día de hoy, tanto el Reino Unido como el Estado de Israel continúan justificando anexiones y ocupaciones territoriales contrarias al derecho internacional y a las resoluciones de las Naciones Unidas bajo el amparo de la retórica democrática liberal. En el caso de Israel, esta lógica se aplica materialmente para consolidar la colonización de los territorios palestinos, la permanencia militar en las Granjas de Shebaa y la anexión unilateral de los Altos del Golán. Por su parte, el Reino Unido recurre a un mecanismo similar en enclaves coloniales y territorios en disputa como el peñón de Gibraltar o las Islas Malvinas, legitimando la continuidad de su soberanía mediante la invocación del principio de autodeterminación aplicado, de manera selectiva, a poblaciones de colonos implantadas por la propia metrópoli.

Expansión = seguridad

El capítulo final de este análisis nos conduce a un eje doctrinal compartido: la «consolidación de la seguridad» a través de mecanismos expansivos. Esta estrategia, lejos de ser una anomalía contemporánea, hunde sus raíces en la praxis de las grandes potencias.

El Imperio británico la ejecutó con precisión en el marco del Raj para frenar el avance de la Rusia zarista por Asia Central hacia el océano Índico (un movimiento que habría estrangulado sus rutas comerciales vitales). Bajo esta premisa, Londres justificó sus reiteradas invasiones a Afganistán para instituir un «Estado colchón» subordinado. La retórica oficial parlamentaria no reconocía una ambición territorial desmedida, sino un imperativo defensivo: “No codiciamos más territorio, solo exigimos seguridad”.

El Estado de Israel, por su parte, ha articulado una narrativa geopolítica idéntica desde su independencia. Un ejemplo histórico fue la ocupación de la península del Sinaí, retenida como moneda de cambio militar hasta la firma de los Acuerdos de Paz con Egipto en 1979. Desde la perspectiva de la doctrina de defensa israelí, estos territorios ocupados se conceptualizan como “buffer zones” (zonas de amortiguamiento) indispensables para alejar las amenazas cinéticas de núcleos urbanos neurálgicos como Tel Aviv o Haifa.

Sin embargo, esta estrategia encierra una contradicción fundamental. Si la naturaleza de estos territorios es estrictamente militar y defensiva, no tiene sentido poblar la primera línea del frente con asentamientos civiles de colonos. Esta dualidad echa por tierra el argumento de la seguridad pura, sugiriendo que la demarcación defensiva es, en realidad, una ocupación permanente del territorio.

Lejos de revertirse, la creación de zonas de exclusión se ha profundizado. Tras proyectarse históricamente sobre los territorios palestinos, esta doctrina se ha extendido con fuerza hacia el eje sirio-libanés. Aprovechando el vacío de poder sistémico tras la caída del régimen de Bashar al-Assad, Israel ha ampliado significativamente su radio de operaciones más allá de los Altos del Golán.

El escenario más crítico se concentra en el Líbano. A pesar de los compromisos diplomáticos, la FINUL (Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano) ha registrado más de 10.000 violaciones aéreas y terrestres por parte de las fuerzas israelíes desde la entrada en vigor del alto el fuego el 27 de noviembre de 2024. Lo que formalmente se promociona como una campaña selectiva de neutralización contra las estructuras de Hezbolá ha mutado sobre el terreno en una ocupación de facto que se extiende hasta el río Litani, en torno al 10% del territorio libanés según estimaciones del Carnegie Middle East Center. La mayor paradoja diplomática radica en que, mientras el sur del Líbano es sometido a una devastación sistemática, Tel Aviv instrumentaliza la presión militar para negociar un nuevo marco de seguridad con el gobierno de Beirut bajo los auspicios de Estados Unidos, de un modo que evoca la lógica coercitiva con que Alemania presionó a Checoslovaquia en 1938.

” Zona de amortiguamiento” planteada por Israel para “defenderse de Hezbollah”. Imagen: SkyNews

Finalmente, la dimensión más pragmática de este “expansionismo defensivo” descansa en la gestión de los recursos estratégicos, un patrón donde Israel replica los desvelos hídricos del Imperio británico. En el siglo XIX, Londres desplegó ingentes recursos militares y diplomáticos para asegurar el control de la cuenca del Nilo, impidiendo que potencias rivales como Francia o el Imperio otomano controlaran un caudal que era el motor de la industria algodonera de Mánchester.

Por su parte, la ocupación israelí de los Altos del Golán en 1967 —y su posterior anexión unilateral en 1981— responde a una estricta necesidad hidropolítica. Aunque la revolución tecnológica de la desalinización permite hoy que más del 80% del agua de consumo urbano provenga del mar Mediterráneo (reduciendo el peso del Golán a un 10-15% del consumo globalizado), la meseta sigue albergando un tercio de las reservas de agua dulce natural de la región. La relevancia de este bastión hídrico es tan importante e inamovible que el propio Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel ha establecido un axioma innegociable: cualquier normalización diplomática futura en la región está supeditada al reconocimiento internacional del Golán como territorio inalienable del Estado hebreo.

Por último, no podemos olvidar que este año (2026) se celebrarán elecciones legislativas en Israel, programadas para el próximo mes de octubre. Al más puro estilo de las elecciones británicas del siglo XIX, la campaña va a girar en torno a los problemas del día a día que preocupan a los ciudadanos israelíes: los impuestos, la seguridad en las calles, la economía o los escándalos de corrupción.

Benjamín Netanyahu (1949) ha sido la versión israelí de la reina Victoria de Inglaterra (en Israel se le llama «Rey Bibi»). En 78 años de historia del Estado de Israel,  Netanyahu ha gobernado casi 19 años, lo que ha permitido moldear al pequeño país a su imagen y semejanza. FOTO: BBC.COM              

Sin embargo, en el debate político no hay ni rastro de los millones de personas que viven bajo la ocupación en los territorios controlados por Israel. Para el votante medio y para los políticos de Tel Aviv, esta población simplemente no existe; no hay ningún interés real en mejorar sus condiciones de vida ni en reconocer sus derechos.

El reciente anuncio de una coalición entre el líder opositor Yair Lapid (izquierda) y el derechista Naftali Bennett (derecha) agita el tablero político en Israel. Bennett, primer ministro durante un breve periodo en 2021 y antiguo jefe de gabinete de Netanyahu entre 2006 y 2008, se postula una vez más para sucederlo. A pesar de esta alianza, Bennett representa un ala aún más incendiaria que la del propio Netanyahu respecto a Palestina y el expansionismo israelí. Su retórica hostil no se limita a la región: en el contexto de la reciente escalada con Irán, no ha dudado en lanzar amenazas directas a países europeos como España. FOTO: CNN.COM

Esto es lo más triste de todo. Después de dos siglos viendo las barbaridades del Imperio británico, el reparto colonial de África, dos guerras mundiales, guerras atroces como la de Vietnam o Yugoslavia y genocidios como el de Ruanda, el mundo sigue cometiendo los mismos errores. El derecho internacional vuelve a tropezar con la misma piedra: permitir que una supuesta democracia ignore por completo los derechos de la población que domina por la fuerza.


Sobre el autor

Brais Rodríguez es apasionado de la geopolítica. Colabora con Internacionalizarse como redactor desde hace 2 años.

Este artículo forma parte de la sección de autores invitados de Internacionalizarse.

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Nota editorial: las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición de Internacionalizarse.

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