La visita de Marco Rubio y la respuesta de Beijing hicieron visible una competencia que llevaba años desarrollándose. China ha consolidado una enorme presencia económica, mientras Estados Unidos busca recuperar y fortalecer su influencia estratégica. En medio de ambas potencias, el Perú adquiere un valor geopolítico cada vez mayor.

La competencia entre Washington y Beijing llega al Perú
Durante años, la competencia entre Estados Unidos y China parecía desarrollarse lejos del Perú. Las tensiones por Taiwán, las guerras comerciales, la carrera tecnológica, los semiconductores o la disputa por el control de las cadenas globales de suministro parecían formar parte de una rivalidad entre grandes potencias cuyos principales escenarios se encontraban en Asia, Norteamérica o Europa. Hoy esa percepción resulta cada vez más difícil de sostener. La competencia también ha llegado a América Latina, y el Perú comienza a convertirse en uno de sus escenarios más interesantes.
La visita a Lima del secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, el 10 de septiembre de 2026, permitió observar esta realidad con una claridad poco habitual. En la antesala de su llegada, la Embajada de China respondió públicamente a las críticas realizadas por el funcionario estadounidense contra la creciente presencia china en América Latina. Beijing utilizó una frase particularmente contundente: «El hemisferio occidental no es el ‘patio trasero’ de nadie». China defendió además el derecho de los países latinoamericanos a escoger libremente a sus socios internacionales y sostuvo que su relación con el Perú se construye sobre la cooperación económica y el beneficio mutuo.
No fue un intercambio diplomático menor. El secretario de Estado estadounidense cuestionaba la expansión china y Beijing respondía directamente. Ambas posiciones convergían sobre un mismo país: el Perú. Lo ocurrido constituye quizás una de las expresiones más evidentes de una competencia que lleva años tomando forma. China ha construido una enorme influencia económica dentro del país. Estados Unidos, por su parte, está reforzando su histórica relación política, militar y estratégica con Lima. Dos potencias, dos instrumentos diferentes de influencia y un mismo espacio geopolítico.
Cómo China construyó su posición en el Perú
Para comprender esta disputa hay que observar primero cómo China consiguió alcanzar su actual posición. Durante las últimas dos décadas, Beijing transformó profundamente su relación con el Perú. Lo que inicialmente podía observarse como un vínculo fundamentalmente comercial terminó convirtiéndose en una presencia mucho más amplia que actualmente incluye minería, energía, infraestructura, logística y proyectos de importancia estratégica. China es el principal socio comercial del Perú y representa aproximadamente el 35 % del comercio exterior peruano. Asimismo, más de doscientas empresas chinas han invertido en el país, mientras que fuentes vinculadas a la representación económica china sitúan los flujos de capital de empresas de ese país por encima de los US$ 30.000 millones.
Pero ninguna infraestructura simboliza esta nueva etapa mejor que el Puerto de Chancay. El megapuerto, operado por Cosco Shipping Ports Chancay Perú, representa mucho más que una nueva terminal marítima. Para el Perú significa la posibilidad de reducir tiempos de transporte hacia Asia, mejorar su capacidad logística y fortalecer su aspiración de convertirse en un centro de conexión entre Sudamérica y el Pacífico. Para China representa algo adicional: Chancay fortalece físicamente su conexión económica con América Latina y consolida una ruta directa hacia el mercado sudamericano.
De esa manera, Beijing ha construido una presencia económica que también puede adquirir relevancia estratégica. China no necesita necesariamente desplegar instrumentos militares para incrementar su influencia. Puede hacerlo mediante comercio, inversiones, minería, energía, infraestructura y conectividad. Esa es precisamente una de las características del poder internacional contemporáneo. Una infraestructura comercial puede modificar rutas económicas; un puerto puede alterar los patrones de conexión entre regiones; una inversión minera puede asegurar recursos esenciales durante décadas. La economía también produce poder, y China ha demostrado comprender particularmente bien esa realidad.
La respuesta estratégica de Estados Unidos
Washington parte desde una posición diferente. Estados Unidos mantiene una relación de larga data con el Perú en materia política, institucional, militar y de seguridad. Ambos países cuentan con un acuerdo comercial vigente desde 2009, décadas de cooperación contra el narcotráfico y estrechos vínculos entre sus instituciones de defensa. Sin embargo, durante los últimos meses esa relación ha adquirido una intensidad nueva. En enero de 2026, Estados Unidos designó formalmente al Perú como aliado principal extra-OTAN —Major Non-NATO Ally—, ampliando las posibilidades de cooperación en defensa, entrenamiento, investigación y otros mecanismos estratégicos.
A ello se suma ahora la decisión anunciada por el Perú de incorporarse al Escudo de las Américas, iniciativa promovida por Washington para fortalecer la cooperación frente al narcotráfico y las organizaciones criminales transnacionales. La decisión representa un nuevo acercamiento entre Lima y Washington, aunque los alcances jurídicos y operativos específicos de la participación peruana todavía deberán ser precisados.
La visita de Marco Rubio debe entenderse dentro de este contexto. Washington no solamente busca mantener buenas relaciones diplomáticas con Lima. Busca también fortalecer su posición estratégica en un país donde China ha avanzado considerablemente durante las últimas décadas. Las declaraciones de Rubio fueron reveladoras. El secretario de Estado estadounidense cuestionó las prácticas de determinados actores respaldados por China en América Latina y expresó preocupaciones relacionadas con contratos, endeudamiento, medio ambiente, infraestructura crítica y soberanía. Beijing respondió defendiendo el carácter beneficioso de sus inversiones y rechazando cualquier intento de condicionar las relaciones de los países latinoamericanos con China.
Por eso lo ocurrido en Lima puede interpretarse como algo más que una diferencia discursiva. Fue una demostración pública de una competencia creciente por influencia.
Chancay: infraestructura china y seguridad estadounidense
Existe incluso una imagen que permite comprender perfectamente esa situación. China participa directamente en el desarrollo y operación del Puerto de Chancay. Estados Unidos, mientras tanto, donó dos escáneres de alta tecnología que comenzaron a funcionar el 22 de junio de 2026 para fortalecer el control y la seguridad de los contenedores que transitan por ese mismo puerto.
China impulsa la infraestructura. Estados Unidos fortalece la seguridad.
Ambas potencias convergen sobre el mismo espacio. La escena resume buena parte de la nueva realidad geopolítica peruana.
¿Por qué el Perú?
Pero entonces surge una pregunta fundamental: ¿por qué el Perú?
La respuesta comienza por su geografía. El país posee una extensa costa sobre el Pacífico y una ubicación capaz de conectarlo directamente con las economías asiáticas. Chancay aumenta todavía más ese potencial, permitiendo imaginar al Perú como una plataforma logística que conecte parte de Sudamérica con Asia. Pero la geografía es solamente una parte de la explicación. También están los recursos.
El Perú se encuentra entre los principales productores mundiales de cobre, actualmente considerado un recurso fundamental para la economía del siglo XXI. Las redes eléctricas, los vehículos eléctricos, la transición energética, los centros de datos, las telecomunicaciones y numerosas tecnologías industriales requieren grandes cantidades de este mineral. China necesita garantizar suministros para mantener su gigantesco aparato industrial. Estados Unidos, por su parte, busca reducir vulnerabilidades en sus cadenas de suministro y fortalecer vínculos con países capaces de proporcionar minerales considerados estratégicos.
Y el Perú posee precisamente varios de los elementos que adquieren valor dentro de esta competencia: recursos minerales, acceso al Pacífico, infraestructura portuaria, conexión con América del Sur y relaciones diplomáticas sólidas con ambas potencias.
Por eso el país está adquiriendo una relevancia internacional que muchas veces no termina de reconocer. La discusión ya no consiste únicamente en quién compra más productos peruanos. La competencia incluye infraestructura, recursos naturales, tecnología, comercio, seguridad, cadenas de suministro y posicionamiento regional.
China posee actualmente un peso extraordinario en el comercio peruano y una importante presencia en sectores estratégicos de la economía. Estados Unidos, por su parte, mantiene una relación particularmente profunda con el Perú en materia de seguridad y defensa, además de continuar siendo uno de sus principales socios económicos y políticos.
Puede sintetizarse de manera sencilla: China se ha convertido en un actor fundamental para la economía exterior peruana, mientras Estados Unidos continúa ocupando una posición central en su arquitectura de seguridad y defensa.
Y ambas potencias quieren conservar, e incrementar, esos espacios.
El desafío peruano: conservar capacidad de decisión
Aquí aparece el principal desafío para Lima. Interpretar esta situación como una obligación de escoger entre Washington y Beijing sería probablemente uno de los mayores errores de la política exterior peruana. El Perú difícilmente podría ignorar a China. Es su principal socio comercial, un mercado fundamental para las exportaciones nacionales y un actor cada vez más relevante en sectores como minería e infraestructura. Pero tampoco puede ignorar a Estados Unidos. Washington continúa siendo una potencia económica fundamental, un socio político histórico y uno de los principales socios internacionales del país en materia de defensa y seguridad.
Por ello, la pregunta correcta no debería ser: ¿Estados Unidos o China?
Debería ser: ¿cómo puede el Perú relacionarse con ambos sin desarrollar una dependencia excesiva hacia ninguno?
Esa diferencia es fundamental.
Para un país como el Perú, la competencia entre grandes potencias también puede generar oportunidades. Si Estados Unidos desea aumentar su presencia frente al crecimiento chino, Lima puede buscar mayores inversiones, transferencia tecnológica, capacitación, cooperación en seguridad, acceso a mercados y desarrollo de infraestructura. Si China desea consolidar su posición, el Perú puede exigir inversiones productivas, mayor participación de proveedores nacionales, generación de empleo, transferencia tecnológica y desarrollo de cadenas de valor dentro del territorio nacional.
La competencia puede incrementar la capacidad de negociación peruana, pero únicamente si el Perú sabe utilizarla. El peligro aparece cuando el país simplemente recibe las estrategias diseñadas desde Washington o Beijing sin desarrollar una estrategia propia.
Porque Estados Unidos actuará de acuerdo con sus intereses.
China también.
No existe nada extraño en ello. Es el comportamiento normal de las grandes potencias. Washington buscará preservar su influencia en el hemisferio y limitar el avance estratégico de su principal competidor global. Beijing intentará proteger las inversiones, rutas comerciales y relaciones económicas que ha desarrollado durante años.
Por eso corresponde al Perú determinar cuáles son sus propios intereses y establecer límites claros para ambas relaciones. Una inversión china no debería significar automáticamente alineamiento político con Beijing. Una cooperación militar estadounidense tampoco debería significar alineamiento automático con Washington.
El Perú necesita conservar aquello que en política internacional resulta cada vez más valioso: capacidad de decisión.
De la importancia estratégica al poder estratégico
La rivalidad entre Estados Unidos y China probablemente continuará intensificándose durante los próximos años. Los minerales críticos adquirirán mayor importancia. Los puertos tendrán un valor estratégico creciente. Las cadenas de suministro serán cada vez más politizadas. La tecnología seguirá convirtiéndose en una herramienta de poder. Y América Latina difícilmente permanecerá al margen de esa competencia.
En ese escenario, el Perú posee atributos que pueden incrementar considerablemente su importancia. La pregunta es qué hará con ellos.
Porque existe una diferencia fundamental entre ser estratégicamente importante y poseer poder estratégico.
Lo primero depende de lo que otros necesitan del Perú.
Lo segundo depende de la capacidad peruana para utilizar aquello que posee.
La visita de Marco Rubio y la respuesta china constituyen, en ese sentido, una advertencia y una oportunidad. Una advertencia porque demuestran que la competencia entre las dos principales potencias mundiales ya comienza a expresarse directamente en asuntos relacionados con el Perú. Pero también una oportunidad porque evidencia que ambas consideran importante mantener y ampliar su presencia dentro del país.
China quiere seguir expandiendo su relación económica. Estados Unidos busca recuperar y consolidar influencia. El Perú puede beneficiarse de ambos procesos siempre que establezca una política exterior pragmática, equilibrada y basada fundamentalmente en sus propios intereses nacionales.
El objetivo no debería ser convertirse en el aliado incondicional de Washington. Tampoco en la principal plataforma de Beijing en Sudamérica.
La meta tendría que ser mucho más ambiciosa:
ser un socio valioso para ambos y dependiente de ninguno.
Porque la verdadera competencia no consiste únicamente en determinar cuánto espacio conseguirán Estados Unidos o China dentro del Perú. También consiste en determinar cuánto margen de maniobra será capaz de conservar el propio Perú frente a ambos.
El Perú frente al tablero de las grandes potencias
Durante décadas, América Latina fue observada como un territorio sobre el cual las grandes potencias proyectaban sus intereses. El desafío para el Perú del siglo XXI es romper precisamente con esa lógica.
Posee minerales.
Posee puertos.
Posee una posición privilegiada sobre el Pacífico.
Posee relaciones importantes con las dos mayores potencias económicas del planeta.
Ahora necesita transformar esos elementos en capacidad de negociación.
Porque mientras Estados Unidos y China disputan influencia en el Perú, el país tiene delante una decisión todavía más trascendente:seguir siendo parte del tablero de las grandes potencias o aprender finalmente a mover sus propias piezas.
Sobre el autor
Gonzalo Otárola es bachiller en Relaciones Internacionales, con interés en geopolítica, cooperación internacional y transformaciones del sistema internacional contemporáneo.
Nota editorial: las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición de Internacionalizarse.