
El viernes 6 de febrero de 2026 encuentra al sistema internacional inmerso en una dinámica de alta intensidad geopolítica, con negociaciones simultáneas que involucran a las principales potencias globales y regionales. Uno de los focos centrales se sitúa en Abu Dabi, donde delegaciones de Ucrania, Rusia y Estados Unidos han concluido una segunda ronda de conversaciones trilaterales orientadas a explorar una posible desescalada del conflicto iniciado en 2022.
Las negociaciones, desarrolladas bajo estrictas condiciones de confidencialidad, no han producido avances sustantivos en los puntos estructurales del conflicto —en particular, la cuestión de la integridad territorial ucraniana y el estatus de los territorios ocupados por Rusia—. Sin embargo, sí se ha confirmado un intercambio significativo de prisioneros de guerra, presentado por las partes como un gesto de buena voluntad destinado a sostener el canal diplomático abierto.
La elección de Abu Dabi como sede no es casual. Los Emiratos Árabes Unidos han reforzado en los últimos años su perfil como mediador pragmático en conflictos de alta complejidad, capitalizando relaciones funcionales tanto con Moscú como con Washington y manteniendo vínculos operativos con Kiev. Este rol se inscribe en una estrategia más amplia de proyección diplomática del Golfo, que busca convertir a la región en un espacio de intermediación en un orden internacional crecientemente fragmentado.
En este contexto, el papel de Estados Unidos resulta determinante. La administración de Donald Trump, ya consolidada en su nuevo mandato, está ejerciendo una presión explícita para alcanzar un alto el fuego rápido, argumentando razones de estabilidad sistémica, fatiga estratégica y reordenamiento de prioridades globales. Este enfoque ha generado tensiones crecientes con los aliados europeos, particularmente con aquellos Estados que sostienen que una paz acelerada, sin garantías políticas ni jurídicas claras para Ucrania, podría sentar un precedente peligroso en términos de revisión territorial por la fuerza.
Desde Kiev, la delegación encabezada por representantes del entorno del presidente Volodímir Zelenski mantiene una posición defensiva pero cautelosa: aceptar el intercambio humanitario como avance táctico, sin convalidar ninguna fórmula que implique renuncias territoriales permanentes. Moscú, por su parte, continúa utilizando la mesa de negociación como instrumento de gestión del conflicto, sin mostrar señales claras de disposición a revertir los hechos consumados sobre el terreno.
Más allá de los resultados inmediatos, estas conversaciones reflejan un dato estructural: el conflicto ucraniano ha ingresado en una fase de diplomacia forzada, donde ninguna de las partes logra imponer una solución definitiva, pero todas enfrentan crecientes costos políticos, económicos y estratégicos por su prolongación.