El 15 de abril de 2026, el Estrecho de Ormuz concentra más tensión geopolítica por kilómetro cuadrado que cualquier otro punto del planeta. Por allí transita el 20% del petróleo y el gas licuado del mundo. Hoy, dos bloqueos se superponen: el iraní, que cerró el paso desde el inicio del conflicto a finales de febrero, y el estadounidense, que desde el lunes 13 de abril suma más de quince buques de guerra y decenas de aviones con la instrucción de impedir el tránsito de barcos con origen o destino en puertos iraníes. En este contexto, EEUU e Irán se miden en Ormuz.
La pregunta es: ¿cuál de los dos países tiene mayor tolerancia al dolor económico?

Las negociaciones que fracasaron
El detonante inmediato del bloqueo estadounidense fue el colapso de las negociaciones en Islamabad el fin de semana pasado. El vicepresidente JD Vance lideró la delegación de EEUU con una demanda que Teherán no pudo —o no quiso— aceptar: una moratoria de veinte años sobre el enriquecimiento de uranio, la entrega de todo el material fisible y el cese del apoyo a grupos armados regionales. Irán contrapropuso cinco años. La diferencia no es solo numérica: refleja visiones incompatibles sobre quién debe garantizar qué, y bajo qué mecanismo de verificación.
Trump anunció el bloqueo pocas horas después del fracaso. El cálculo de Washington, según el Council on Foreign Relations, es directo: si el mundo ya siente el dolor del Estrecho cerrado, ahora le toca a Irán sentirlo también. El petróleo iraní, que hasta ahora seguía fluyendo gracias a una relajación táctica de sanciones —concesión de Trump para evitar que los precios globales se dispararan demasiado—, queda atrapado. Un experto en sanciones del Tesoro estima las pérdidas iraníes en 13.000 millones de dólares mensuales si el bloqueo se mantiene.
Un bloqueo con agujeros visibles
Sin embargo, el bloqueo ya muestra sus primeras fisuras. El martes 14, el buque Rich Starry —un tanquero de 190 metros vinculado a la empresa china Shanghai Xuanrun Shipping, en la lista de sanciones de EEUU desde 2023— cruzó el Estrecho con bandera malauí falsa. Transportaba unos 250.000 barriles de metanol cargados en los Emiratos Árabes Unidos. Según datos de la firma Kpler, al menos otros dos barcos procedentes de puertos iraníes pasaron sin ser detenidos desde el inicio de la operación.
El Comando Central estadounidense (Centcom) afirmó que ningún barco rompió el bloqueo en las primeras 24 horas; los datos de inteligencia marítima independiente dicen otra cosa. Esta discrepancia no invalida el esfuerzo militar, pero sí revela su naturaleza real: no es un cierre hermético, sino una presión escalonada que depende tanto de la voluntad política como de la capacidad operativa. Y los mecanismos de evasión —flotas fantasma, banderas falsas, transpositores AIS manipulados— llevan años perfeccionándose.
El embajador iraní ante la ONU calificó el bloqueo de “grave violación del derecho marítimo internacional”. El secretario general António Guterres pidió a “todas las partes” garantizar la libertad de navegación en el Estrecho. Nadie esperaba que Washington cediera ante esa presión, pero la declaración importa: el marco legal del bloqueo es, cuanto menos, cuestionable.
El Papa, Meloni y la soledad de Washington
El conflicto está generando un aislamiento diplomático que la Casa Blanca parece subestimar. El Papa León XIV ha pedido reiteradamente un cese al fuego y una salida negociada. Cuando Trump le respondió en Truth Social a medianoche del martes, sugiriendo que el pontífice desconoce los crímenes del régimen iraní —“42.000 iraníes inocentes y desarmados muertos en los últimos dos meses”, según la propia cifra de Trump—, la imagen resultante no fue la de un presidente informando al Papa, sino la de un mandatario respondiendo a medianoche a un líder religioso desde una red social. León XIV había dicho el lunes: “No le tengo miedo a la administración Trump. Seguiré hablando con fuerza contra la guerra.”
Más revelador fue el movimiento de Giorgia Meloni. La primera ministra italiana, considerada hasta hace poco una aliada confiable de Trump en Europa, suspendió el acuerdo de defensa con Israel, cuya renovación automática vencía estos días. “En vista de la situación actual”, dijo en Verona. Una fuente diplomática italiana añadió que “habría sido políticamente difícil mantenerlo.” La semana anterior, Italia había convocado al embajador israelí por un incidente en el que fuerzas israelíes dispararon al aire contra un convoy de Cascos Azules italianos en Líbano. Trump respondió llamando a Meloni cobarde: “Pensé que tenía valentía, pero me equivoqué.”
Entretanto, Francia y el Reino Unido convocaron para el viernes 17 una videoconferencia para coordinar lo que Macron llama una “misión defensiva multilateral” en el Estrecho. La OTAN no entra como institución —considera que no es una guerra defensiva—, pero sus miembros más activos se mueven por su cuenta. El multilateralismo que Washington no quiso liderar empieza a organizarse sin él.
El reloj corre en dos sentidos
El cese al fuego acordado hace una semana vence en siete días. Trump dijo el martes que no está pensando en prorrogarlo, aunque también dijo que un acuerdo sería preferible. “I think it’s almost over”, declaró a Fox News. Que el fin esté cerca puede significar muchas cosas: un acuerdo, una escalada, o una salida táctica que Trump presentará como victoria.
El analista Max Boot, del Council on Foreign Relations, formula la pregunta incómoda: Irán es una dictadura acostumbrada a décadas de sanciones y a reprimir protestas con dureza. EEUU es una democracia donde el precio de la gasolina tiene impacto electoral directo. Los republicanos enfrentan elecciones de mitad de mandato. La guerra ya es impopular entre los votantes. ¿Quién parpadea primero?
El daño en Irán es real —el propio gobierno iraní lo estima en el equivalente a 229.000 millones de euros acumulados—. Pero el régimen de los ayatolás tiene una capacidad inusual para absorber presión económica mientras la convierte en narrativa interna de resistencia. El bloqueo tiene, en palabras del CFR, un fusible corto. No porque no duela. Sino porque duele en los dos sentidos.
Nota: Este artículo es de elaboración propia. Los datos, cifras y declaraciones citados provienen de las fuentes indicadas. Las interpretaciones y análisis son responsabilidad exclusiva de Internacionalizarse.