Cada cierto tiempo, Naciones Unidas atraviesa una elección cuyo impacto supera ampliamente los límites de su sede en Nueva York. No se elige únicamente al responsable administrativo de una organización internacional, sino a quien durante los próximos años deberá representar la voz institucional del multilateralismo, mediar entre potencias enfrentadas, reaccionar ante guerras y crisis humanitarias, defender la Carta de las Naciones Unidas y administrar una organización que atraviesa uno de los momentos políticos y financieros más complejos de sus ocho décadas de existencia.

El segundo mandato de António Guterres concluye el 31 de diciembre de 2026 y su sucesor o sucesora asumirá el cargo el 1 de enero de 2027. El procedimiento comenzó formalmente el 25 de noviembre de 2025 y, a diferencia de una elección convencional, la decisión no dependerá simplemente del candidato que consiga más votos entre los 193 Estados miembros. La verdadera carrera se desarrolla entre la Asamblea General y, sobre todo, el Consejo de Seguridad, donde cinco países conservan la capacidad de bloquear individualmente cualquier candidatura.
A 25 de agosto de 2026, ocho candidatos se mantienen oficialmente en carrera: Carolyn Rodrigues-Birkett, Rebeca Grynspan, Rafael Mariano Grossi, Macky Sall, Olara Otunnu, María Fernanda Espinosa, Michelle Bachelet e Ivonne A-Baki. Sin embargo, después de dos sondeos informales del Consejo de Seguridad, las posiciones comienzan a diferenciarse y dos mujeres latinoamericanas y caribeñas han quedado situadas en la primera línea de una competencia todavía lejos de estar resuelta.
Mucho más que un administrador de Naciones Unidas
El artículo 97 de la Carta de las Naciones Unidas establece que el secretario general es nombrado por la Asamblea General a recomendación del Consejo de Seguridad y lo define como el principal funcionario administrativo de la Organización. Pero reducir el cargo a esa descripción sería insuficiente.
Los artículos posteriores amplían considerablemente su dimensión política. El secretario general participa en los trabajos de los principales órganos de Naciones Unidas y, especialmente, el artículo 99 le concede la facultad de llamar la atención del Consejo de Seguridad sobre cualquier asunto que, a su juicio, pueda amenazar el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales. Al mismo tiempo, el artículo 100 consagra su independencia respecto de los gobiernos nacionales.
En consecuencia, quien ocupe el cargo deberá ser simultáneamente administrador, diplomático, mediador, negociador, defensor de la Carta y, en determinadas circunstancias, interlocutor entre gobiernos que prácticamente han dejado de hablar entre sí.
El próximo secretario general, además, heredará una ONU sometida a fuertes tensiones. La organización enfrenta restricciones financieras, cuestionamientos sobre su efectividad, bloqueos recurrentes dentro del Consejo de Seguridad y un proceso de reforma institucional denominado UN80. Naciones Unidas ha reconocido que la situación actual no puede mantenerse sin cambios y que la organización necesita reducir duplicaciones, racionalizar estructuras y adaptar sus mecanismos a recursos cada vez más limitados.
Por ello, la elección de 2026 no puede comprenderse únicamente como una competencia entre personalidades. También representa una discusión sobre qué Naciones Unidas necesita el sistema internacional a partir de 2027.
¿Cómo se elige realmente al secretario general?
Formalmente, el procedimiento parece sencillo: el Consejo de Seguridad recomienda un nombre y posteriormente la Asamblea General realiza el nombramiento. En la práctica, existe una compleja negociación diplomática detrás de esa fórmula.
El proceso actual fue abierto mediante una carta conjunta de las presidencias de la Asamblea General y el Consejo de Seguridad. Los candidatos deben ser presentados por uno o varios Estados miembros y entregar su currículum, una declaración de visión sobre el futuro de Naciones Unidas e información sobre la financiación de su campaña. Además, participan en diálogos públicos ante los Estados miembros y representantes de la sociedad civil. Estas reformas buscan hacer más transparente una selección que históricamente se desarrollaba principalmente a puerta cerrada.
Los quince integrantes del Consejo de Seguridad celebran straw polls, o sondeos informales, en los que cada uno puede señalar respecto de cada candidato si lo “alienta”, lo “desalienta” o no expresa opinión. No son todavía una elección formal, sino una herramienta para identificar qué candidatos pueden construir un consenso y cuáles acumulan una oposición difícil de superar.
Para que posteriormente una candidatura sea recomendada formalmente se necesitan al menos nueve votos favorables y, fundamentalmente, ningún veto de China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido o Rusia. Es precisamente ahí donde se encuentra la característica más determinante de todo el proceso: un candidato puede contar con un amplio respaldo internacional y aun así quedar eliminado por la oposición de una sola de las cinco grandes potencias.
Los otros diez integrantes del Consejo durante 2026 son Bahréin, Colombia, Dinamarca, Grecia, Letonia, Liberia, Pakistán, Panamá, República Democrática del Congo y Somalia. Sus votos también son fundamentales, porque las cinco potencias no pueden designar por sí solas al secretario general: se necesitan nueve votos para adoptar la recomendación.
En las primeras rondas, las papeletas de los cinco permanentes no se distinguen de las correspondientes a los diez miembros electos. Más adelante aparecen las denominadas papeletas diferenciadas o de color, que permiten saber si un voto de “desaliento” procede de un país con derecho de veto. Esa etapa aún no ha comenzado. Por ello, los resultados conocidos hasta ahora indican quién tiene mayor respaldo, pero todavía no revelan quién puede sobrevivir políticamente a los cinco vetos.
Una elección marcada por dos cuestiones históricas: región y género
Ninguna norma de la Carta establece que la Secretaría General deba rotar obligatoriamente entre regiones. Sin embargo, la diversidad geográfica se ha convertido con el tiempo en uno de los criterios políticos que rodean la selección.
Después de diez años encabezados por António Guterres, de Portugal, existe una fuerte expectativa de que América Latina y el Caribe tengan nuevamente la oportunidad de ocupar el cargo. El único secretario general procedente de la región hasta ahora ha sido el diplomático peruano Javier Pérez de Cuéllar, quien dirigió Naciones Unidas entre 1982 y 1991.
Desde la creación de Naciones Unidas en 1945, ninguna mujer ha sido secretaria general. La propia Asamblea General ha pedido a los Estados que consideren seriamente la presentación de mujeres y ha destacado tanto la igualdad de género como la diversidad regional dentro del proceso actual.
La combinación de ambos elementos explica por qué la presencia de varias candidatas latinoamericanas y caribeñas tiene una fuerza simbólica considerable. Sin embargo, ni la región ni el género garantizan el puesto: la última palabra seguirá dependiendo de la capacidad de construir un acuerdo entre Washington, Pekín, Moscú, Londres y París.
Ocho candidatos, ocho perfiles
Carolyn Rodrigues-Birkett: la candidata que pasó al primer lugar
La diplomática guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett se ha convertido en una de las principales revelaciones de esta carrera.
Nacida en Santa Rosa, una comunidad indígena de Guyana, inició su trayectoria profesional como maestra y posteriormente desarrolló una extensa carrera política y diplomática. Fue ministra de Asuntos Amerindios, ministra de Relaciones Exteriores entre 2008 y 2015, directora de la oficina de enlace de la FAO en Ginebra y desde 2020 es representante permanente de Guyana ante Naciones Unidas. Su experiencia incluye además el período de Guyana dentro del Consejo de Seguridad durante 2024 y 2025.
Su candidatura fue presentada oficialmente por Guyana en junio y cuenta también con el respaldo de la Comunidad del Caribe (CARICOM). Su discurso combina defensa del multilateralismo, desarrollo, cambio climático y una ONU más eficiente, con particular sensibilidad hacia los pequeños Estados y los países en desarrollo.
En el primer sondeo consiguió nueve votos de aliento. En el segundo, celebrado el 21 de agosto, obtuvo ocho votos de aliento, tres de desaliento y cuatro sin opinión, pasando a ocupar el primer lugar.
Si consiguiera llegar al cargo se convertiría simultáneamente en la primera mujer y la primera persona del Caribe en dirigir Naciones Unidas.
Rebeca Grynspan: experiencia multilateral y capacidad negociadora
La costarricense Rebeca Grynspan llegó a la etapa de los sondeos como una de las candidaturas más sólidas.
Economista y exvicepresidenta de Costa Rica entre 1994 y 1998, ha desarrollado buena parte de su trayectoria dentro del sistema multilateral. Ha sido secretaria general iberoamericana, directora regional del PNUD para América Latina y el Caribe, secretaria general adjunta de Naciones Unidas y administradora asociada del PNUD. Desde 2021 dirige la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), siendo la primera mujer en hacerlo.
Su perfil combina economía, desarrollo y diplomacia. Entre sus credenciales figura además su participación en las negociaciones internacionales relacionadas con la Iniciativa de Granos del Mar Negro, uno de los ejemplos más destacados de intermediación multilateral desarrollados durante la guerra entre Rusia y Ucrania.
En el primer straw poll fue claramente la candidata mejor posicionada con diez votos de aliento, uno de desaliento y cuatro sin opinión. Sin embargo, la segunda ronda modificó considerablemente el escenario: cayó a siete votos favorables, cuatro negativos y cuatro sin opinión.
No ha dejado de ser una de las favoritas, pero la pérdida de tres apoyos demuestra que todavía no existe un consenso estable alrededor de su nombre.
Rafael Grossi: el diplomático de las crisis nucleares
El argentino Rafael Mariano Grossi representa probablemente el perfil más asociado a la seguridad internacional dentro de la competencia.
Diplomático de carrera, especialista en asuntos nucleares, desarme y no proliferación, en 2019 se convirtió en el primer latinoamericano en dirigir el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y posteriormente fue reelegido. Antes había sido embajador argentino en Austria y representante ante organismos internacionales en Viena.
Su gestión al frente del OIEA lo ha situado directamente frente a algunas de las crisis internacionales más delicadas de los últimos años, especialmente las relacionadas con la seguridad nuclear en Ucrania y el programa nuclear iraní. Esa experiencia le proporciona una imagen de diplomático acostumbrado a negociar con grandes potencias y trabajar en situaciones de elevada tensión.
Argentina presentó oficialmente su candidatura en noviembre de 2025, convirtiéndolo en uno de los primeros aspirantes en entrar en carrera.
En ambos sondeos consiguió siete votos favorables. Sin embargo, el dato preocupante apareció en la segunda ronda: sus votos de desaliento pasaron de dos a seis, mientras solamente dos integrantes del Consejo quedaron sin opinión.
Su candidatura, por tanto, combina una importante base de apoyo con un nivel creciente de oposición. Y como todavía no se conocen cuáles de esos votos negativos corresponden al P5, su futuro permanece particularmente incierto.
Macky Sall: la experiencia de un jefe de Estado africano
El expresidente de Senegal Macky Sall aporta otro tipo de experiencia: la conducción directa de un Estado.
Gobernó Senegal durante dos períodos, entre 2012 y 2024, y desarrolló una importante presencia diplomática africana e internacional. De formación ingeniero geólogo, acumuló cerca de cuatro décadas de experiencia en administración pública antes de ingresar en esta competencia. Su candidatura fue presentada oficialmente por Burundi en marzo de 2026.
Sall plantea un enfoque en el que el desarrollo ocupa un lugar central para alcanzar la paz, con especial atención a infraestructura, empleo, financiamiento y justicia climática para los países en desarrollo.
Hasta ahora presenta una característica particular: sus resultados no han cambiado entre los dos sondeos. En ambos obtuvo seis votos de aliento, siete de desaliento y dos sin opinión.
La estabilidad, sin embargo, no necesariamente juega a su favor: incluso convirtiendo los dos votos neutrales en positivos todavía necesitaría revertir parte de la oposición existente.
Olara Otunnu: el candidato que conoce el sistema desde dentro
La entrada del ugandés Olara Otunnu añadió uno de los perfiles más experimentados de la competencia.
Fue representante permanente de Uganda ante Naciones Unidas entre 1980 y 1985, ministro de Relaciones Exteriores, presidente de la International Peace Academy y secretario general adjunto de Naciones Unidas. Entre 1997 y 2005 fue el primer representante especial del secretario general para los niños y los conflictos armados, contribuyendo a colocar la protección de los menores dentro de la agenda del Consejo de Seguridad.
Su relación con esta elección posee además una curiosidad histórica extraordinaria. Cuando presidió el Consejo de Seguridad en 1981, participó directamente en el proceso que terminó destrabando la elección del peruano Javier Pérez de Cuéllar y se le atribuye un papel central en la utilización de los sondeos informales que posteriormente se consolidaron dentro del procedimiento de selección. Décadas después, Otunnu aparece como candidato dentro del propio mecanismo que ayudó a desarrollar.
Su campaña plantea reforma institucional, resolución de conflictos, fortalecimiento del liderazgo moral de Naciones Unidas y nuevas respuestas internacionales frente a desafíos como la inteligencia artificial.
También es uno de los pocos candidatos que ha mostrado una clara progresión: pasó de dos votos de aliento en julio a cinco en agosto, acompañado de cinco votos negativos y cinco neutrales. Sigue lejos de los nueve necesarios, pero su crecimiento lo mantiene dentro de la discusión.
María Fernanda Espinosa: experiencia desde el corazón de la Asamblea General
La ecuatoriana María Fernanda Espinosa conoce de cerca el funcionamiento político de Naciones Unidas.
Ha sido dos veces ministra de Relaciones Exteriores de Ecuador, ministra de Defensa y responsable de áreas relacionadas con patrimonio natural y medio ambiente. Entre 2018 y 2019 presidió el 73.º período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas, convirtiéndose en apenas la cuarta mujer en la historia en ocupar esa responsabilidad.
Su candidatura fue presentada por Antigua y Barbuda, demostrando nuevamente que un aspirante no necesita ser nominado exclusivamente por su Estado de nacionalidad.
Espinosa plantea una ONU más preventiva, capaz de actuar antes de que las crisis se conviertan en conflictos abiertos, junto con una fuerte defensa del desarrollo sostenible, los derechos humanos y el fortalecimiento institucional.
En el segundo sondeo obtuvo cuatro votos favorables, tres negativos y ocho sin opinión. Su bajo nivel de oposición en comparación con otros candidatos podría convertirse en un elemento interesante si los principales favoritos comienzan a ser bloqueados, aunque todavía necesita convertir una gran cantidad de votos neutrales en respaldos efectivos.
Michelle Bachelet: una candidatura de enorme trayectoria pero en dificultades
Pocos candidatos presentan un currículum comparable al de Michelle Bachelet.
Fue presidenta de Chile en dos ocasiones, ministra de Salud, ministra de Defensa, primera directora ejecutiva de ONU Mujeres y posteriormente Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos entre 2018 y 2022.
Su candidatura fue inicialmente presentada de manera conjunta por Chile, Brasil y México. Sin embargo, después del cambio político en Santiago, Chile retiró formalmente su patrocinio el 25 de marzo de 2026. Brasil y México mantuvieron la postulación, por lo que Bachelet continúa siendo candidata oficial.
Su amplia experiencia política y dentro del sistema de Naciones Unidas parecía convertirla inicialmente en una de las principales aspirantes, pero los sondeos han mostrado una tendencia opuesta.
En julio recibió seis votos favorables; el 21 de agosto cayó a solamente dos votos de aliento, seis de desaliento y siete sin opinión, situándose en la zona baja de la competencia.
Se ha especulado sobre posibles resistencias entre determinadas potencias debido a su trayectoria y posiciones en derechos humanos, pero mientras las papeletas de los miembros permanentes sigan siendo indistinguibles no puede afirmarse qué país está detrás de sus votos negativos. Su continuidad en la carrera dependerá ahora de si Brasil y México consideran que todavía existe espacio para reconstruir apoyos.
Ivonne A-Baki: la última en entrar
La ecuatoriana Ivonne A-Baki es la incorporación más reciente.
Su trayectoria incluye diversos cargos diplomáticos y políticos, entre ellos embajadas de Ecuador, responsabilidades gubernamentales y la presidencia del Parlamento Andino. Fue embajadora ecuatoriana en Estados Unidos y ha desarrollado buena parte de su carrera alrededor de la diplomacia, el comercio y la negociación política.
Su candidatura posee una particularidad: fue presentada oficialmente el 17 de agosto por el Reino de Tonga, apenas cuatro días antes del segundo sondeo del Consejo de Seguridad.
Durante su diálogo ante Naciones Unidas defendió una política centrada en la prevención de conflictos y la renovación institucional de la organización. También cuestionó la representatividad actual del Consejo de Seguridad.
Su entrada tardía tuvo consecuencias inmediatas. En el segundo sondeo recibió cero votos de aliento, ocho de desaliento y siete sin opinión. Es, por tanto, la candidata que comienza desde la posición más complicada, aunque el precedente histórico demuestra que estos procesos pueden cambiar cuando los nombres iniciales quedan bloqueados.
Así está la carrera después del segundo sondeo
Los resultados conocidos de la votación informal del 21 de agosto —filtrados, ya que el Consejo no publica oficialmente los straw polls— dibujan actualmente el siguiente escenario:
| Candidato | Aliento | Desaliento | Sin opinión |
| Carolyn Rodrigues-Birkett | 8 | 3 | 4 |
| Rebeca Grynspan | 7 | 4 | 4 |
| Rafael Grossi | 7 | 6 | 2 |
| Macky Sall | 6 | 7 | 2 |
| Olara Otunnu | 5 | 5 | 5 |
| María Fernanda Espinosa | 4 | 3 | 8 |
| Michelle Bachelet | 2 | 6 | 7 |
| Ivonne A-Baki | 0 | 8 | 7 |
Estos números necesitan ser interpretados con cautela.
Rodrigues-Birkett ocupa actualmente la primera posición, pero todavía le falta al menos un voto para alcanzar los nueve necesarios. Grynspan continúa inmediatamente detrás y posee una importante estructura diplomática a su favor, aunque perdió terreno respecto de julio. Grossi conserva siete apoyos, pero el aumento de sus votos negativos constituye una señal de alerta.
Por debajo, Sall enfrenta un techo aparentemente difícil de romper; Otunnu muestra crecimiento; Espinosa conserva numerosos Estados aún sin posición definida; mientras Bachelet y A-Baki necesitan cambios mucho más profundos para recuperar competitividad.
Sin embargo, todavía falta conocer la información más importante de todas: qué opinan individualmente los cinco miembros permanentes.
La verdadera carrera comenzará con los vetos
La historia de las elecciones de secretarios generales demuestra que ser favorito en las primeras rondas no necesariamente significa terminar elegido.
Los sondeos iniciales sirven para medir fortalezas y debilidades. La etapa decisiva comienza cuando las papeletas permiten identificar la posición de los miembros permanentes. Un candidato con nueve, diez o incluso más votos puede quedar políticamente eliminado si uno de sus votos de “desaliento” procede de Estados Unidos, China, Rusia, Francia o Reino Unido.
Es ahí donde la competencia deja de ser simplemente numérica y se convierte en alta diplomacia.
Washington analizará qué candidato se ajusta mejor a su visión sobre la reforma y el funcionamiento de Naciones Unidas. Moscú evaluará posiciones relacionadas con Ucrania, seguridad europea, sanciones y equilibrio internacional. Pekín observará particularmente las relaciones con el Sur Global, el desarrollo y la soberanía. Londres y París también utilizarán su influencia para determinar qué perfil puede generar el consenso necesario sin alterar determinadas líneas estratégicas.
Ningún aspirante necesita ser necesariamente el favorito de las cinco potencias. Necesita algo posiblemente más difícil: ser aceptable para todas.
La búsqueda puede conducir, por tanto, al candidato con mayor apoyo inicial o terminar favoreciendo a una figura de consenso que hoy no ocupe el primer lugar.
América Latina frente a una oportunidad histórica
La presencia latinoamericana y caribeña resulta particularmente significativa. De los ocho aspirantes actuales, seis provienen de América Latina o el Caribe: Rodrigues-Birkett, Grynspan, Grossi, Bachelet, Espinosa y A-Baki.
No existe ninguna garantía jurídica de que la región deba recibir el cargo. Sin embargo, después de más de tres décadas desde la salida de Javier Pérez de Cuéllar y tras diez años de liderazgo europeo bajo António Guterres, el argumento de la representación regional posee considerable peso diplomático.
Y existe otro elemento que podría convertir 2026 en una elección histórica.
Si finalmente fueran elegidas Rodrigues-Birkett, Grynspan, Espinosa, Bachelet o A-Baki, Naciones Unidas tendría por primera vez una mujer al frente de su Secretaría General. Si además la elegida perteneciera a América Latina o el Caribe, la decisión respondería simultáneamente a dos demandas que durante años han acompañado los debates sobre representación dentro del sistema multilateral.
Pero la geografía y el simbolismo no serán suficientes.
Una elección sobre el futuro del multilateralismo
La persona que asuma el 1 de enero de 2027 no recibirá una organización en condiciones normales. Recibirá unas Naciones Unidas obligadas a redefinir su funcionamiento en medio de conflictos armados, rivalidad creciente entre grandes potencias, crisis humanitarias, cambio climático, desplazamientos masivos, inteligencia artificial, cuestionamientos al derecho internacional y profundas restricciones financieras.
También heredará el proceso UN80 y, con él, una discusión inevitable sobre el tamaño, las prioridades y la efectividad de la propia organización. La ONU reconoce que sus recursos son cada vez más limitados mientras las demandas internacionales continúan creciendo.
Por ello, la próxima Secretaría General necesitará mucho más que capacidad administrativa. Necesitará legitimidad entre el Norte y el Sur Global, acceso político a las grandes potencias, conocimiento del sistema de Naciones Unidas, habilidad para negociar con gobiernos ideológicamente opuestos y suficiente independencia para defender la Carta incluso cuando hacerlo resulte incómodo para quienes hicieron posible su elección.
A día de hoy, Carolyn Rodrigues-Birkett y Rebeca Grynspan aparecen como las candidatas mejor posicionadas, mientras Rafael Grossi permanece dentro del grupo competitivo. Pero ningún resultado puede considerarse definitivo hasta que se conozca la posición de los cinco miembros permanentes.
Esa es precisamente la paradoja de la elección del secretario general: para convertirse en la principal figura internacional llamada a defender los intereses colectivos de 193 Estados, primero es necesario atravesar el filtro político de quince países y, finalmente, conseguir que cinco grandes potencias decidan no bloquear el camino. Quizá la pregunta más importante ya no sea simplemente quién sucederá a António Guterres, sino qué tipo de liderazgo estarán dispuestas a aceptar las principales potencias para una organización que deberá encontrar nuevamente su lugar dentro de un sistema internacional cada vez más fragmentado.
Sobre el autor
Gonzalo Otárola es bachiller en Relaciones Internacionales, con interés en geopolítica, cooperación internacional y transformaciones del sistema internacional contemporáneo.
Nota editorial: las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición de Internacionalizarse.