Invasiones inglesas: la milicia que invirtió el origen del poder

El 27 de junio se cumplen 220 años del inicio de las invasiones inglesas al Río de la Plata. La memoria las conserva como una victoria militar: Buenos Aires rechazó dos veces a una potencia imperial. Pero su legado más profundo no estuvo en el campo de batalla. Estuvo en la transformación del poder colonial.

La invasión británica de 1806 expuso una fragilidad estructural. Apenas 1.500 hombres al mando de William Beresford y Home Riggs Popham bastaron para ocupar Buenos Aires casi sin resistencia. El virrey Rafael de Sobremonte se retiró hacia Córdoba con el tesoro real, siguiendo la normativa imperial, pero perdiendo legitimidad política. La autoridad seguía existiendo en términos formales; el problema era que había quedado vacía de capacidad efectiva.

Escuela inglesa, “The Glorious Conquest of Buenos Ayres by the British Forces”, grabado coloreado, Londres, 1806. Imagen propagandística publicada tras la toma británica de Buenos Aires durante la primera invasión inglesa (27 de junio de 1806). British Museum.

Ese vacío abrió una dinámica nueva.

La reconquista no fue obra exclusiva de la estructura virreinal. Fue organizada desde abajo mediante milicias urbanas y cuerpos voluntarios: Patricios, Húsares y otros batallones formados por vecinos armados. La magnitud fue excepcional: 7.574 milicianos sobre una población de unos 40.000 habitantes. Casi uno de cada cinco porteños quedó incorporado a una lógica militar.

Ese dato cambia la lectura.

Hasta entonces, la defensa colonial descansaba en estructuras profesionales dependientes de la Corona. Desde 1806, la ciudad comenzó a sostenerse con cuerpos armados de base local, integrados mayoritariamente por criollos. No fue una movilización episódica: hacia 1810 todavía unos tres mil hombres seguían en servicio activo.

Lo decisivo ocurrió después.

El 14 de agosto de 1806, un Cabildo Abierto transfirió el mando militar a Santiago de Liniers. La legitimidad ya no descendía exclusivamente desde Madrid; comenzaba a construirse desde la propia ciudad. En 1807, tras la segunda invasión, esa lógica avanzó un paso más: la presión popular forzó la caída de Sobremonte y consolidó una práctica inédita en el orden colonial —la remoción de la autoridad máxima por decisión política local.

Ahí está la ruptura.

Las invasiones inglesas no solo militarizaron Buenos Aires. Alteraron el origen del poder. La Corona necesitó armar a sectores que hasta entonces ocupaban posiciones subordinadas dentro del orden imperial. Esa decisión produjo un nuevo actor político: la milicia urbana.

El cambio también fue material.

Entre 1801 y 1805, el gasto militar representaba el 33% de los egresos de la Real Caja de Buenos Aires. Entre 1806 y 1810 subió al 60%. Ese dinero dejó de salir hacia España y comenzó a circular localmente, fortaleciendo a sectores criollos y populares mediante salarios, reconocimiento y ascenso social.

Como señaló Tulio Halperín Donghi, esas milicias se transformaron en una estructura “peligrosamente independiente” del aparato colonial.

Por eso, el quiebre no empieza en 1810.

La Revolución de Mayo fue posible porque, cuatro años antes, el Río de la Plata ya había producido un desplazamiento decisivo: el poder había empezado a dejar de bajar desde la metrópoli para apoyarse, cada vez más, en actores locales armados, organizados y políticamente activos.

Las invasiones inglesas suelen recordarse por la derrota británica. Pero su verdadera importancia está en otra parte: en haber creado las condiciones internas de la crisis del orden colonial.

Este análisis se apoya en la historiografía de Noemí Goldman, Marcela Ternavasio, Waldo Ansaldi y Tulio Halperín Donghi. Fuente del dato fiscal: Tulio Halperín Donghi, “Militarización revolucionaria en Buenos Aires, 1806-1815” y Revolución y Guerra (1972). Texto disponible en repositorio académico.

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