Mundial 2026: la geopolítica detrás de la pelota

El Mundial 2026 fue diseñado para ser el mayor ejercicio de proyección internacional en la historia del fútbol: tres países anfitriones, 48 selecciones y una narrativa de integración regional bajo el lema WE ARE 26. Pero a medida que avanza el torneo, esa imagen de apertura global empieza a mostrar fisuras.

Lejos de funcionar únicamente como un espectáculo deportivo, esta Copa del Mundo expone con claridad varias de las tensiones centrales del sistema internacional contemporáneo: seguridad, migración, conflictos armados y disputa por legitimidad.

La paradoja es evidente. Mientras la FIFA insiste en una narrativa de unidad global y neutralidad política, los Estados anfitriones operan bajo lógicas propias de seguridad nacional. En Estados Unidos, la presencia activa del ICE en zonas cercanas a sedes mundialistas y las restricciones migratorias aplicadas a países clasificados han introducido una dimensión política imposible de ignorar.

El caso de los visados es uno de los más ilustrativos. Países como Haití e Irán enfrentan prohibiciones totales de ingreso, mientras otros como Senegal y Costa de Marfil sufren restricciones parciales. Aunque jugadores y cuerpos técnicos cuentan con excepciones, los aficionados comunes quedan atrapados en el filtro de la política exterior.

Esto plantea una pregunta incómoda: ¿puede existir soft power cuando la hospitalidad está condicionada por la sospecha?

El concepto desarrollado por Joseph Nye parte de una idea simple: la capacidad de atraer es tan importante como la capacidad de coercionar. Un Mundial debería ser, en teoría, la máxima expresión de esa lógica. Cultura, deporte y espectáculo puestos al servicio de la proyección internacional.

Pero 2026 parece mostrar otra cosa.

La guerra en Oriente Próximo, la participación de Irán, la exclusión de Rusia y las decisiones excepcionales tomadas por la FIFA para reubicar delegaciones o limitar el acceso a las hinchadas muestran que la geopolítica ya no orbita alrededor del torneo: está dentro de él.

A eso se suma otra dimensión: la expansión del torneo a 48 selecciones. Más allá de la lógica comercial, el nuevo formato amplía la representación de Asia, África y Concacaf, reflejando parcialmente las transformaciones de un sistema internacional menos concentrado que décadas atrás. No se trata de un “nuevo” mundo multipolar, sino de una profundización de tendencias que ya venían consolidándose.

El Mundial 2026 no inaugura esa transición, pero sí la hace más visible.

En ese sentido, la Copa funciona como una superficie de observación privilegiada: muestra cómo incluso los espacios globales de integración están atravesados por fronteras, jerarquías y decisiones soberanas.

El fútbol sigue siendo universal.

Pero eso no significa que circule en un espacio neutral.

Descargá el análisis completo de Felipe Daniel Barrientos.

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