Durante unos días de septiembre, Nueva York vuelve a convertirse cada año en algo más que una de las grandes ciudades del planeta. Las calles alrededor de la sede de las Naciones Unidas se llenan de delegaciones, caravanas oficiales, diplomáticos, periodistas y representantes de organismos internacionales. Dentro del edificio, presidentes, jefes de Gobierno, cancilleres y representantes de prácticamente todo el sistema internacional ocupan el mismo espacio. Fuera del salón de la Asamblea General, cientos de reuniones bilaterales, encuentros paralelos y conversaciones diplomáticas generan una concentración de actividad política difícil de reproducir en cualquier otro momento del año.
Pero reducir la Semana de Alto Nivel de Naciones Unidas a una sucesión de discursos frente al conocido podio de mármol verde sería perder de vista lo verdaderamente importante. Cada Asamblea General funciona, de alguna manera, como una radiografía del mundo. Y la de 2026 ha mostrado con particular claridad una de las grandes paradojas del sistema internacional contemporáneo: los problemas son cada vez más internacionales, mientras las respuestas políticas tienden a fragmentarse.
La 81.ª sesión de la Asamblea General se inauguró formalmente el 8 de septiembre de 2026. El Debate General se desarrolló entre el 22 y el 26 de septiembre y retomó sus sesiones el lunes 28. A su alrededor se organizaron reuniones de alto nivel sobre desarrollo, acción climática, aumento del nivel del mar, preparación frente a pandemias y lucha contra el racismo. El martes 29 se celebró, además, la reunión plenaria dedicada a la eliminación total de las armas nucleares.
El lema elegido para esta sesión —“Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos”— terminó funcionando casi como un diagnóstico del momento internacional. Porque detrás de agendas aparentemente diferentes apareció una cuestión transversal: la confianza. Confianza entre Estados, en el derecho internacional, en las instituciones multilaterales y, fundamentalmente, en que los compromisos asumidos en Nueva York puedan transformarse posteriormente en decisiones políticas concretas.
En un mundo en el que las crisis parecen multiplicarse más rápidamente que los consensos, la dificultad no reside únicamente en identificar los problemas, sino en construir suficiente voluntad política para enfrentarlos colectivamente.
La paz y los límites del sistema multilateral
El cierre del Debate General permitió dimensionar la magnitud de la cita. Un total de 194 delegaciones intervinieron desde la tribuna de la Asamblea, entre ellas 113 jefes de Estado y de Gobierno, además de otras altas autoridades.
Pero quizás el dato más revelador no fue cuántas autoridades hablaron, sino aquello sobre lo que hablaron. Según señaló el presidente de la Asamblea General, Khalilur Rahman, una palabra apareció por encima de las demás: paz. Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar, la situación de los rohinyás y los múltiples focos de tensión existentes en Oriente Medio estuvieron presentes repetidamente durante las intervenciones.
Ahí aparece una de las grandes contradicciones que acompañan a Naciones Unidas desde su fundación. La organización nació en 1945 con el propósito de preservar a las generaciones futuras del flagelo de la guerra. Ochenta y un años después, continúa siendo el principal espacio universal al que acuden los Estados cuando estallan conflictos, pero no necesariamente posee la capacidad de detenerlos.
Esa limitación no puede entenderse sin observar la arquitectura política surgida después de la Segunda Guerra Mundial. El Consejo de Seguridad conserva cinco miembros permanentes —Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido— dotados de derecho de veto. Cuando los intereses estratégicos de esas potencias o de sus aliados entran en conflicto, la capacidad de acción colectiva puede quedar profundamente restringida.
Por eso la reforma de Naciones Unidas y, especialmente, del Consejo de Seguridad vuelve una y otra vez al debate internacional. La pregunta ya no es solamente si la organización continúa siendo necesaria, sino si una estructura diseñada para el equilibrio de poder de 1945 puede representar adecuadamente las realidades políticas, económicas y demográficas de 2026.
La reunión adquirió además una dimensión institucional especial. Fue el último Debate General de António Guterres como secretario general antes de concluir su mandato el 31 de diciembre de 2026. Su salida abre una nueva etapa y coloca sobre la mesa otra pregunta: qué tipo de liderazgo necesitará Naciones Unidas a partir de 2027.
Quien ocupe la Secretaría General recibirá una institución sometida simultáneamente a presiones geopolíticas, financieras, humanitarias y tecnológicas. El desafío no será únicamente administrar una enorme estructura internacional, sino intentar recuperar espacios de cooperación en un sistema cada vez más fragmentado.
Desarrollo y tecnología: nuevas dimensiones del poder
La seguridad internacional ya no puede comprenderse exclusivamente mediante guerras, ejércitos o fronteras.
El 23 de septiembre, Naciones Unidas conmemoró el cuadragésimo aniversario de la Declaración sobre el Derecho al Desarrollo, adoptada en 1986. Cuatro décadas después, el principio de que todas las personas deben poder participar, contribuir y beneficiarse del desarrollo conserva plena vigencia, aunque los resultados continúan siendo profundamente desiguales.
El presidente de la Asamblea recordó que apenas el 36 % de 139 metas evaluadas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible se encuentran encaminadas o muestran un progreso moderado. Detrás de esa cifra persisten enormes desigualdades relacionadas con educación, alimentación, empleo, conectividad, financiamiento y oportunidades económicas.
Pero la discusión sobre el desarrollo también está cambiando de naturaleza. La tradicional brecha entre países desarrollados y países en desarrollo ya no puede medirse únicamente mediante ingresos, infraestructura o industrialización. La economía internacional incorpora hoy datos, inteligencia artificial, semiconductores, capacidad informática, conectividad, investigación científica y acceso a tecnologías avanzadas.
En este contexto, el desafío para numerosos países consiste no solo en consumir las tecnologías que definirán las próximas décadas, sino en participar en su diseño, regulación y utilización.
La inteligencia artificial se ha convertido así en mucho más que una cuestión tecnológica. Es también una cuestión de poder. Quien controle infraestructura, modelos, datos y estándares internacionales podrá ejercer una influencia considerable sobre la economía, la seguridad y la información del futuro.
Por ello, la gobernanza de la inteligencia artificial comienza a ocupar dentro de Naciones Unidas un espacio creciente. El desafío consiste en aprovechar sus beneficios evitando, al mismo tiempo, que estas tecnologías profundicen desigualdades existentes, reproduzcan discriminaciones, sean utilizadas con fines desestabilizadores o evolucionen completamente al margen de cualquier marco internacional.
Del cambio climático a las pandemias
El cambio climático representó otro de los grandes ejes de la semana. El 23 de septiembre se celebró una reunión de alto nivel sobre acción climática y transición justa y, al día siguiente, la Asamblea abordó específicamente las amenazas existenciales provocadas por el aumento del nivel del mar.
Para numerosos pequeños Estados insulares y comunidades costeras, esta cuestión está lejos de ser una discusión abstracta: implica pérdida de territorio, erosión, salinización de fuentes de agua, daños en infraestructura, desplazamientos humanos y potenciales interrogantes jurídicos relacionados con soberanía y espacios marítimos.
Esto demuestra hasta qué punto están cambiando las categorías tradicionales de las Relaciones Internacionales. El cambio climático es simultáneamente economía, seguridad alimentaria, salud, infraestructura, migración, derechos humanos y desarrollo. Para determinados Estados puede incluso convertirse en una cuestión relacionada con la continuidad física de parte de su territorio.
El 25 de septiembre apareció otra pregunta: ¿estaría realmente preparado el mundo si mañana surgiera una nueva pandemia?
La segunda reunión de alto nivel sobre prevención, preparación y respuesta frente a pandemias buscó recuperar parte de las lecciones dejadas por la COVID-19. La pandemia demostró que una emergencia sanitaria puede paralizar economías, cerrar fronteras, interrumpir cadenas de suministro, afectar mercados laborales y profundizar desigualdades entre países en cuestión de meses.
Pero dejó además una enseñanza política fundamental: disponer de conocimiento científico no garantiza automáticamente una respuesta internacional equitativa. Durante una emergencia reaparecen debates sobre producción de medicamentos, propiedad intelectual, distribución de vacunas, financiamiento, intercambio de información y acceso de los países con menos recursos.
Prepararse para una futura pandemia significa, por tanto, algo más que construir laboratorios o mecanismos de vigilancia. Significa decidir con anticipación cómo funcionará la cooperación internacional cuando los recursos vuelvan a ser escasos y todos los gobiernos intenten proteger simultáneamente a sus propias poblaciones.
Racismo, desigualdad y capacidad de implementación
El 28 de septiembre, mientras el Debate General llegaba a su fin, Naciones Unidas conmemoró también el 25.º aniversario de la Declaración y Programa de Acción de Durban.
Adoptado en 2001, este marco continúa siendo uno de los principales referentes internacionales en la lucha contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y otras formas de intolerancia.
La discusión volvió a mostrar una dificultad presente en numerosas áreas del sistema multilateral: la distancia entre reconocimiento normativo e implementación efectiva. El desafío planteado fue avanzar desde las declaraciones hacia planes nacionales financiados, resultados medibles, sistemas de rendición de cuentas y mecanismos capaces de transformar el reconocimiento de injusticias históricas en acciones concretas.
La cuestión excede al racismo. Buena parte de los desafíos discutidos durante la Semana de Alto Nivel comparten el mismo problema: existe un grado considerable de consenso internacional sobre qué problemas deben enfrentarse, pero mucho menos acuerdo sobre quién debe asumir los costes, cómo deben distribuirse los recursos y hasta dónde están dispuestos los Estados a comprometer su autonomía para implementar soluciones comunes.
El regreso de la cuestión nuclear
Cuando terminaron las últimas intervenciones del Debate General aún faltaba una jornada especialmente simbólica. El 29 de septiembre, la Asamblea General celebró la reunión de alto nivel destinada a conmemorar y promover el Día Internacional para la Eliminación Total de las Armas Nucleares.
Pocas cuestiones permiten conectar de manera tan directa los orígenes de Naciones Unidas con los riesgos contemporáneos. En enero de 1946, la primera resolución de la Asamblea General ya incluyó un llamamiento relacionado con la eliminación de las armas atómicas de los arsenales nacionales. Ochenta años después, esa aspiración continúa sin cumplirse.
A comienzos de 2026 existían más de 12.000 ojivas nucleares en el mundo y entre 2.100 y 2.200 permanecían en un estado de alta alerta operacional sobre misiles balísticos, capaces de ser lanzados con muy poca anticipación. Después de décadas de reducción, existe además el riesgo de que el inventario nuclear mundial vuelva a crecer a medida que nuevas armas ingresen en los arsenales más rápidamente de lo que las antiguas son retiradas.
A ello se añade un cambio particularmente relevante. El 5 de febrero de 2026 expiró el tratado New START sin un acuerdo sucesor, debilitando uno de los mecanismos centrales de control de los arsenales estratégicos de Estados Unidos y Rusia.
El problema nuclear comienza además a cruzarse con algunos de los asuntos más nuevos de la agenda internacional. La inteligencia artificial, las capacidades cibernéticas y los sistemas avanzados de lanzamiento introducen nuevas incertidumbres en las estructuras de mando, control y toma de decisiones.
Una falsa alarma, un ciberataque o la incorporación de sistemas automatizados a procesos que ya operan bajo enormes restricciones temporales pueden aumentar los riesgos de errores de cálculo. De este modo, uno de los desafíos más antiguos de Naciones Unidas —evitar una catástrofe nuclear— comienza a encontrarse con algunas de las transformaciones tecnológicas más recientes.
Lo que ocurre fuera del podio
Todo ello permite entender por qué la Asamblea General debe observarse más allá de sus discursos.
Buena parte de la diplomacia que rodea estas reuniones ocurre fuera de las cámaras: reuniones bilaterales, conversaciones reservadas, encuentros entre cancilleres, reuniones de organismos regionales y contactos informales que aprovechan la presencia simultánea de prácticamente todo el sistema internacional en una misma ciudad.
No todos esos encuentros producen acuerdos y muchos ni siquiera generan comunicados públicos. Sin embargo, mantienen abiertos canales de comunicación que adquieren especial importancia precisamente cuando las relaciones entre Estados atraviesan sus momentos más difíciles.
La Semana de Alto Nivel de 2026 dejó también al descubierto otra dimensión menos visible: Naciones Unidas no enfrenta únicamente problemas de eficacia o representación, sino también presiones sobre los recursos disponibles para cumplir sus mandatos.
Las operaciones humanitarias, los programas de desarrollo, la atención a desplazados y la respuesta ante emergencias dependen de contribuciones internacionales que no siempre llegan en la magnitud o el momento necesarios. El futuro del multilateralismo depende también de una cuestión bastante concreta: que los Estados estén dispuestos a financiar las instituciones cuya actuación reclaman cuando aparecen las crisis.
¿Para qué sirve entonces Naciones Unidas?
Después de tantos discursos, reuniones bilaterales, declaraciones y encuentros de alto nivel, resulta tentador medir el éxito de la Asamblea General preguntando cuántos problemas fueron resueltos.
Naciones Unidas no puso fin durante esta semana a las guerras mencionadas desde su tribuna. No eliminó las armas nucleares, solucionó la crisis climática, cerró las desigualdades económicas ni garantizó que el mundo esté preparado para una futura pandemia. Tampoco produjo una arquitectura definitiva para gobernar la inteligencia artificial ni resolvió el debate de décadas alrededor de la reforma del Consejo de Seguridad.
Pero evaluar la organización únicamente a partir de esos resultados implicaría atribuirle capacidades que nunca tuvo.
La ONU no es un gobierno mundial. No posee una autoridad independiente capaz de imponer todas sus decisiones sobre los Estados. Su capacidad de actuación depende inevitablemente de la voluntad política de sus miembros.
Esa dependencia constituye una de sus principales limitaciones y, al mismo tiempo, explica buena parte de las contradicciones del sistema multilateral. Los mismos Estados que reclaman respuestas colectivas son quienes deben acordarlas, financiarlas y ejecutarlas.
Aun así, prácticamente todo el sistema internacional continúa dentro de la misma conversación. Incluso los gobiernos que cuestionan duramente a Naciones Unidas utilizan su tribuna. Estados enfrentados mantienen representantes dentro de la misma institución. Las grandes potencias, aun cuando poseen capacidad para actuar unilateralmente, continúan disputando influencia dentro de sus órganos. Y prácticamente todos los Estados del planeta consideran necesario formar parte del mismo foro universal.
Quizá allí se encuentre una de las principales conclusiones de esta Semana de Alto Nivel.
El mundo atraviesa una paradoja cada vez más evidente: los problemas son progresivamente más internacionales, pero las respuestas políticas tienden a fragmentarse. Los Estados necesitan cooperar más precisamente en un momento en el que parecen confiar menos unos en otros. Las mismas tecnologías capaces de conectar sociedades y acelerar el desarrollo pueden convertirse en nuevas fuentes de desigualdad, competencia o vulnerabilidad. Y mientras aumentan las demandas hacia las instituciones internacionales, también aumentan las dudas sobre su capacidad para responder.
La Semana de Alto Nivel de 2026 comenzó hablando de restaurar la confianza y terminó hablando de armas capaces de destruir ciudades enteras. Entre ambos extremos aparecieron prácticamente todos los grandes desafíos de nuestro tiempo: guerra, desarrollo, cambio climático, pandemias, racismo, desigualdad, inteligencia artificial, reforma institucional y desarme nuclear.
Por eso, la pregunta realmente importante después de Nueva York no es cuál fue el discurso más contundente, qué mandatario recibió mayor atención o cuántas declaraciones se aprobaron.
La pregunta comienza cuando las delegaciones regresan a sus capitales: ¿qué ocurre después?
Porque la capacidad del multilateralismo no se mide únicamente durante la semana en que los representantes de casi doscientos Estados comparten una misma ciudad, sino en lo que esos Estados están dispuestos a hacer cuando vuelven a casa.