La seguridad europea entró en una fase de redefinición estratégica. La jornada organizada por CIDOB en Barcelona mostró que el problema ya no pasa solo por el gasto en defensa, sino por la capacidad del continente para reorganizar recursos, reducir dependencias y actuar con mayor autonomía en un contexto internacional más incierto.

CIDOB, Barcelona — 11 de abril de 2026
Defending Europe without the United States? The future of European security
La jornada de CIDOB en Barcelona sobre el futuro de la seguridad europea dejó una conclusión difícil de ignorar: el marco estratégico bajo el cual Europa vivió durante décadas ya no puede darse por garantizado. La discusión ya no gira únicamente en torno a cuánto invertir en defensa, sino a cómo coordinar capacidades, fortalecer la disuasión y reducir la dependencia estructural respecto de Estados Unidos.
Seguridad europea y cambio de época
Durante décadas, Europa organizó su seguridad dentro de un marco atlántico relativamente estable. La OTAN actuó como columna vertebral del sistema de defensa occidental, mientras Estados Unidos garantizaba disuasión, capacidades militares, respaldo político y proyección estratégica.
Ese marco no se ha desintegrado. Pero perdió previsibilidad. Esa fue una de las impresiones más claras de la jornada. El problema ya no pasa solo por Donald Trump como figura política, sino por una transformación más profunda del vínculo entre Estados Unidos y Europa. La discusión dejó entrever que la incertidumbre transatlántica no debe leerse como un accidente coyuntural, sino como parte de una reconfiguración más amplia de prioridades, percepciones y compromisos.
En ese contexto, la pregunta por una Europa capaz de defenderse sin Estados Unidos ya no suena provocadora. Suena necesaria.
Rusia, China y Estados Unidos en el nuevo entorno estratégico
Rusia apareció, como era esperable, como la amenaza más inmediata y existencial, sobre todo desde la mirada del este europeo. La percepción dominante en ese punto fue clara: el problema no se reduce a Ucrania ni puede leerse como una crisis aislada. Para varios de los participantes, Rusia mantiene objetivos persistentes de presión, desgaste y restauración de influencia en el espacio europeo.
China fue presentada en otro registro. No como amenaza militar directa en el sentido ruso, sino como competidor estratégico en el terreno económico, tecnológico e industrial. La cuestión de las materias primas críticas, la coerción económica y el liderazgo tecnológico formaron parte del diagnóstico sobre las nuevas vulnerabilidades europeas.
La novedad más incómoda, sin embargo, fue el lugar asignado a Estados Unidos dentro de este nuevo mapa. No como enemigo de Europa, pero sí como un actor cuya conducta futura ya no puede incorporarse automáticamente como dato estable del entorno. En varias intervenciones apareció una misma preocupación: Europa ya no sabe con certeza dónde termina el compromiso estadounidense, qué valor práctico conserva el vínculo atlántico en caso de crisis y hasta qué punto Washington sigue dispuesto a asumir los costos de la seguridad europea en los términos heredados del pasado.
Por qué la seguridad europea no se resuelve solo con más gasto
Uno de los puntos más interesantes del encuentro fue el desplazamiento del debate desde el presupuesto hacia la organización. Durante años, buena parte de la discusión pública sobre defensa europea giró en torno a una idea simple: Europa invierte poco y debe gastar más. Esa observación sigue teniendo parte de verdad. Pero en la jornada apareció una insistencia diferente: el desafío europeo ya no es solo financiero.
Aun con más recursos, Europa seguiría enfrentando problemas de coordinación, fragmentación industrial, diversidad de doctrinas estratégicas, dependencia tecnológica y debilidades logísticas. En otras palabras, no alcanza con aumentar partidas presupuestarias si no existe una estructura capaz de transformar ese gasto en poder estratégico efectivo.
Ese punto es central porque obliga a abandonar una ilusión bastante extendida: la de que el problema europeo puede resolverse simplemente con más dinero. No es así. El verdadero desafío pasa por articular producción, interoperabilidad, planificación, capacidad de mando y voluntad política común. Y allí es donde Europa sigue mostrando sus límites.
Ucrania, OTAN y los límites de la autonomía europea
Ucrania ocupó un lugar central en el debate, no solo como frente bélico, sino como pieza clave de la futura arquitectura de seguridad europea. La idea de que Europa necesita a Ucrania de su lado para el futuro regional fue una de las afirmaciones más nítidas del encuentro.
Sin embargo, también apareció una limitación evidente: Europa todavía no está en condiciones de cubrir por sí sola el vacío que dejaría una retirada o un repliegue más profundo de Estados Unidos en el apoyo a Kiev. Esa constatación vuelve a poner de relieve el dilema europeo. No existe un sustituto inmediato del respaldo estadounidense. Pero tampoco parece sostenible seguir pensando la seguridad continental como si ese respaldo estuviera garantizado para siempre.
Por eso la discusión sobre autonomía estratégica debe formularse con más precisión. No se trata, al menos por ahora, de reemplazar integralmente a Estados Unidos. Se trata de desarrollar capacidades suficientes para generar disuasión, modificar cálculos adversarios y reducir vulnerabilidades estructurales. En ese terreno entran la producción militar, la logística, la coordinación europea, los contratos estratégicos con Ucrania y, más ampliamente, la necesidad de construir una capacidad de respuesta más robusta.
El Sur Global también forma parte del problema
Uno de los aportes más importantes del encuentro fue recordar que Europa no piensa sola ni es observada desde fuera con neutralidad. Desde una perspectiva más amplia, la guerra en Ucrania puede ser reconocida como un problema grave sin que por ello deje de ser percibida, en buena parte del Sur Global, como una crisis fundamentalmente europea.
Ese punto obliga a introducir una dimensión que a menudo queda fuera del debate estratégico continental: la legitimidad externa. Europa no solo necesita capacidades. También necesita entender cómo es vista desde otras regiones, qué memorias históricas condicionan esa mirada y por qué muchas de sus posiciones no son acompañadas automáticamente fuera del espacio euroatlántico.
Europa se despertó, pero todavía no resolvió qué quiere ser
Si hubiera que sintetizar el clima general de la jornada en una sola frase, podría ser esta: Europa se despertó, pero todavía no resolvió del todo qué tipo de actor quiere ser.
Hay más conciencia del problema. Hay más discusión sobre producción, disuasión, autonomía y coordinación. Hay también una percepción cada vez más clara de que la seguridad europea ya no puede descansar sobre supuestos heredados. Pero entre el diagnóstico y la capacidad real todavía existe una distancia considerable.
La cuestión de fondo no es si Europa puede defenderse mañana sin Estados Unidos, como si se tratara de una sustitución técnica inmediata. La cuestión es si será capaz, en los próximos años, de construir un modelo de seguridad más robusto, menos dependiente y políticamente sostenible.
Ese proceso no parte de cero. Pero tampoco admite inercia. El orden bajo el cual Europa vivió las últimas décadas ya no puede asumirse como dato. Y actuar como si todavía existiera sería, probablemente, el error estratégico más serio del continente.