Masacre invisibilizada: ¿Por qué no miramos a Sudán?

El 8 de abril, en Kutum, una ciudad del norte de Darfur, un dron atacó una boda. Murieron al menos 30 personas; algunas fuentes hablan de más de 50. Ocurrió hace exactamente una semana. La noticia apenas ocupó titulares.

Eso, en sí mismo, es la noticia.

Tres años de guerra invisible

El 15 de abril de 2023 —hoy hace exactamente tres años— comenzó en Sudán una guerra entre dos generales que hasta entonces habían sido aliados de conveniencia. De un lado, el ejército regular sudanés (SAF), liderado por el de facto jefe de Estado Abdel Fattah al-Burhan. Del otro, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), una milicia paramilitar dirigida por Mohammed Hamdan Daglo, conocido como Hemeti. Ambos habían gobernado juntos tras el golpe de 2021. Su ruptura convirtió a uno de los países más extensos de África en uno de los conflictos más devastadores del mundo.

El resultado, tres años después: más de 30 millones de personas —dos tercios de la población sudanesa— dependen de ayuda humanitaria para sobrevivir. Hospitales, escuelas y sistemas de agua han sido destruidos metódicamente. El hambre se usa como arma deliberada por ambos bandos. “La situación es catastrófica. La lucha activa continúa en al menos tres zonas: Darfur, Kordofán y el Nilo Azul”, describe Anette Hoffmann, investigadora de conflictos y experta en Sudán del Instituto Clingendael de los Países Bajos.

La invisibilidad del conflicto no es accidental. Una cortina mediática cubre las zonas en disputa: las imágenes que llegan al exterior provienen casi exclusivamente de campos de refugiados. Lo que sucede dentro de las zonas de combate es, en gran medida, desconocido.

La masacre que el mundo prefirió no ver

En octubre del año pasado, las RSF atacaron la ciudad de El Fasher. En dos días, mataron a al menos 10.000 personas. El paradero de otras 40.000 sigue siendo desconocido. El diario británico The Guardian informó que EEUU y el Reino Unido habían ignorado señales previas de lo que podría ocurrir en El Fasher. No hubo intervención. No hubo consecuencias.

El término “genocidio” aparece en informes de organizaciones humanitarias, pero no en los comunicados oficiales de los grandes gobiernos. La distinción no es semántica: reconocerlo legalmente activa obligaciones jurídicas que ningún Estado parece dispuesto a asumir. El silencio tiene un costo calculado.

El hilo que une Sudán con Ormuz

Hay un detalle que conecta directamente este conflicto con la crisis de Oriente Medio, y que prácticamente no aparece en los medios: Irán había estado suministrando drones al ejército sudanés (SAF). Son esas mismas capacidades aéreas las que permiten ataques como el de la boda de Kutum.

Con la guerra en Oriente Medio, Irán necesita sus propios drones. El flujo hacia Sudán se ha cortado o reducido. Esto debilita al SAF en el campo de batalla, justamente cuando los Emiratos Árabes Unidos siguen armando a las RSF sin interrupciones visibles. El equilibrio de fuerzas se mueve.

La conclusión puede ser esta: la guerra entre EEUU e Irán no solo afecta al precio del petróleo en Europa o a los planes de inversión de empresas asiáticas. También determina quién tiene ventaja militar en Darfur. El bloqueo del Estrecho de Ormuz tiene consecuencias en aldeas del norte de África que nadie está midiendo.

A esto se suma el impacto económico indirecto: el SAF controla Port Sudan, el principal puerto del país en el noreste. El conflicto global ha reducido los suministros que llegan por esa vía. “La escasez de fertilizantes combinada con los altos precios de la energía es verdaderamente desastrosa para Sudán”, señala Hoffmann. La producción local de alimentos —clave para combatir el hambre— depende de insumos que ya no llegan con regularidad.

Los que sí están ayudando

La ayuda humanitaria internacional enfrenta dos obstáculos simultáneos: el acceso físico a las zonas de conflicto es extremadamente difícil, y los donantes internacionales están agotando fondos. En ese vacío, la respuesta real la están dando los propios sudaneses.

Las llamadas Emergency Response Rooms —redes de voluntarios que organizan distribución de alimentos y atención médica básica— operan en decenas de localidades en medio del conflicto. Se financian mayoritariamente con aportes de la diáspora sudanesa en el exterior. “Los sudaneses están demostrando una solidaridad impresionante. Pero les faltan recursos y trabajan bajo riesgos enormes”, dice Abdirahman Ali, director de la organización Care en Sudán, desde Port Sudan.

Sarkina tiene 35 años. Fue maestra de primaria en Jartum. Al inicio de la guerra, un ataque aéreo destruyó su casa y mató a su marido. Huyó con sus siete hijos y lleva dos años viviendo en un campo de desplazados en Gedaref, en el este del país, donde conviven unas 200.000 personas en situación similar. Planta algunas verduras delante de su cabaña. Su antigua casa en Jartum está destruida. Familiares que se quedaron le confirmaron que no hay nada a qué volver. “No quiero vivir de la ayuda humanitaria para siempre”, dijo a la organización Save the Children.

El pronóstico

Anette Hoffmann, la investigadora del Clingendael, no es optimista: “Hay una probabilidad muy alta de que veamos una situación aún más catastrófica el próximo año, y un endurecimiento adicional de los frentes militares.”

Los factores son estructurales y se refuerzan mutuamente: colapso de la infraestructura civil, uso deliberado del hambre como arma, donantes internacionales sin fondos suficientes, y dos partes en guerra que han demostrado durante tres años que prefieren seguir combatiendo antes que negociar en serio.

Hoy, 15 de abril de 2026, la guerra de Sudán cumple tres años exactos. Es el conflicto humanitario más grave del planeta por número de personas afectadas. El mundo está mirando el Estrecho de Ormuz.

La boda de Kutum es ya una nota al pie.


Fuente principal obtenida del diario Frankfurter Rundschau en su artículo reciente “La catástrofe humanitaria en Sudán está haciendo pocos titulares”.

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